Todo tiene su medida. Incluso la fuerza del viento.
La escala de Beaufort se basa en los efectos del viento sobre el paisaje, ya sea en la superficie del mar o en tierra. Y todo paisaje tiene su sonido.
Nadie más interesado que un marino en conocer el estado de la mar. Y fue precisamente un marino, Sir Francis Beaufort, de la Armada Real, quien en 1805 ideó una escala en doce grados que le ayudara a medir las fuerzas contra las que se iba a enfrentar en alta mar.
En realidad la escala de Beaufort no medía la velocidad del viento, sino el aspecto de sus efectos; en el mar primero, en tierra después. Frente a las prosaicas y sin duda más precisas medidas en nudos o kilómetros a la hora, los marinos de entonces preferían guiarse por sus observaciones visuales: los rizos en las olas, su altura, la amplitud del vaivén de las ramas o las columnas de humo ascendiendo en el aire tranquilo. La traducción al español de los grados (ventolina, flojo, bonancible, frescachón, este para referirse a la mar gruesa…) dice mucho del temple de quienes viven acostumbrados a desafiar a los elementos desatados.
En la noche más larga del año. Solsticio de invierno, luna creciente, casi llena.
El bosque en blanco y negro. El anticiclón más intenso y persistente de los últimos años dura ya dos meses y un aire tibio del sur templa una atmósfera que debería ser gélida.
Pero, a pesar del tiempo, ya es invierno. Y en los bosques reina el silencio. Aunque no del todo. Aparte del estridular de los últimos insectos, por el aire inmóvil se propagan los ululatos de un mochuelo boreal y los ladridos de un corzo. En la quietud del momento, la acústica del bosque hace que las voces reverberen, se estiren.
Junto a un regato, oculta entre la vegetación, una cámara automática de fototrampeo nos descubre algunos secretos de la noche. Por allí pasan, a diferentes horas, un jabalí gruñón, un corzo silencioso y una pareja de zorros que ladran, gritan y discuten por algún resto de comida. Uno de ellos, además, parece resfriado: no será por la temperatura. Las imágenes, grabadas con luz infrarroja, invisible, envuelven en una bruma borrosa a los merodeadores de la noche.
Y poco más. Encaramado en una rama y a la espera del mal tiempo, un cárabo le grita a la primera luna del invierno.
Abrenoite, el murciélago, despierta con la caída de la tarde. Un grupo de pipistrelos, de murciélagos enanos, empieza a rebullir bajo las maderas desvencijadas de una casa de campo. Su vuelo es rápido, preciso, seguro. Buscan insectos voladores y la falta de luz no es un problema.
A su paso se escuchan series de pulsos agudos, muy cortos, como pinchazos en el oído. Y es en ellos donde encontramos la clave de su arte para navegar. Estos pulsos son la parte audible de sus ultrasonidos, las señales acústicas de muy alta frecuencia que al chocar contra cualquier obstáculo -una pared, una rama, un insecto volador- rebotan en forma de eco. Es como si un haz de sonidos –de ultrasonidos- iluminara el espacio ante ellos, produciendo en su mente una imagen acústica. Volando entre las sombras del crepúsculo y la noche, los murciélagos, literalmente, ven de oídas.
Por definición, los ultrasonidos son inaudibles. Sólo podemos intentar comprenderlos por medios técnicos, transformándolos a frecuencias a las que seamos sensibles. Un proceso análogo al de esas cámaras capaces de convertir la luz infrarroja y ver en la oscuridad. El resultado es una extraña serie de clicks, de silbidos y señales en frecuencia modulada que a nosotros nada nos dicen, pero que, desde el punto de vista de un murciélago, conforman una geometría acústica.
En este montaje se entrelazan sonidos e imágenes reales con esas transformaciones; las sombras del crepúsculo con la imagen infrarroja; los pulsos agudos con los ultrasonidos convertidos. El mundo de la noche, tal y como lo percibimos nosotros, y en la versión fantasmagórica de los murciélagos.
La luna llena entra en el bosque. Los colores del otoño desaparecen pero las hojas de los árboles se recortan contra el disco blanco. La noche crea paisajes al aguatinta. Esto que sigue es algo así como la banda sonora de un herbario forestal.
Por las acículas de los pinos gritan y ululan los cárabos.
Entre los robles, bajo la luna, brama un ciervo. El vozarrón ronco se estira, la reverberación que mide la profundidad del valle.
En las copas de las hayas hacen acopio los lirones grises. Están saliendo los hayucos, el bosque es un almacén de frutos secos, y por la bóveda forestal rebullen múltiples presencias.
Un zorro ladra debajo de un abedul.
Y un búho real merodea a lo lejos, por la periferia del abetal.
De color amarillo rojizo de día, de noche soporte de una nube de insectos: la hoja de arce.
El viento sacude las hojas de un chopo, un álamo blanco. Por abajo fluye la corriente; por encima, sobre la orilla, gritan las garzas reales.
Tres décadas de grabaciones de campo a través de la evolución de los equipos técnicos. Del Nagra III al Aaton Cantar.
Han pasado treinta años. 7 de octubre de 1985, en los Quintos de Mora, en los Montes de Toledo. A media mañana, en plena temporada de berrea. Empuño por primera vez en mi vida un micrófono, activo el magnetofón y brama un ciervo. Mi primera grabación de campo, mi primera berrea. En ese momento aún no lo sé, pero es también el primer paso de un largo viaje por los sonidos de la naturaleza.
A aquella berrea le han seguido otras muchas, un ritual –como el de los ciervos- de otoño.
En este tiempo la tecnología no ha dejado de evolucionar. Hemos pasado de los pesados magnetofones de cinta a los grabadores digitales de estado sólido, pasando por los cassettes, las primeras cintas digitales, los discos duros.
He aprendido a entender los mensajes de la naturaleza. Los animales se comunican entre ellos mensajes fáciles de entender: el celo, la búsqueda de contacto, miedo, alarma, hambre… Pero para quien se para a escuchar hay otros mensajes más sutiles.
En estas tres décadas, por ejemplo, el ruido se ha expandido por los campos, como un telón de fondo que todo lo tapa. Cada vez más carreteras, maquinaria agrícola, vías aéreas ensucian el paisaje sonoro; los paisajes más limpios suenan más lejos, en lugares más escondidos, a horas más intempestivas.
El elenco también se ha empobrecido con la caída de las poblaciones de algunos de los intérpretes más comunes. La triple nota de la codorniz, por ejemplo, o el arrullo de las tórtolas, ya sólo se escuchan con la mitad de frecuencia que entonces; en los bosques del norte los urogallos se aproximan a la extinción; el parloteo continuo de las alondras es cada vez menos denso en los campos de labor. La subida generalizada de las temperaturas empuja a las aves por las montañas; modifica las fechas de llegada de las aves migrantes. Como síntoma, en algunas zonas el canto reseco de las chicharras sube ladera arriba, por los cada vez menos frescos bosques de montaña.
Pero pese a todo, los ciervos siguen berreando; en unas semanas, las primeras grullas llegarán trompeteando por los puertos del norte, anunciando que el invierno no es una estación tan mala; los patos seguirán chapoteando en las aguas quietas de las lagunas y en los rincones más retirados de la noche, el aullido de los últimos lobos, supervivientes a ultranza, seguirán estremeciendo a los que disfrutamos con la escucha de la naturaleza salvaje.
Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/10/10/treinta-anos.html el 10 de octubre de 2015.
El embalse es Santillana; el río que lo alimenta el Manzanares, que fluye desde el macizo granítico de La Pedriza. El lugar está en las estribaciones del Guadarrama, en Madrid. El mar no puede estar más lejos. Y, sin embargo, un griterío con resonancias costeras rellena cada tarde la inmensidad de este espacio vacío.
Decenas de miles de gaviotas, reidoras y sombrías, se concentran en estas aguas para pasar los meses de otoño e invierno. La comida que desecha cada día una ciudad como Madrid es un reclamo demasiado poderoso y las gaviotas acuden siguiendo el curso de los ríos. Y cada día siguen la misma rutina: una vez alimentadas, abandonan la fealdad de los basureros, situados al sur de la ciudad, para descansar en las aguas limpias de la sierra.
Las orillas abiertas del embalse son, además, la mejor barrera de protección contra cualquier intruso. Pero aún así, a veces, algo les asusta. Gregarias por naturaleza, basta con que una recele para que la alarma se propague a toda la bandada. Y el griterío de mil aves asustadas sube de escala.
Cuando empieza a caer la tarde, a virar la luz hacia los tonos rojizos, toda la lámina del embalse rebosa de aves; las gaviotas comparten aguas con somormujos lavancos, fochas y patos azulones. Por el fango de la orilla chapotean archibebes comunes y garzas reales. Y en los prados ribereños se escuchan los reclamos, suaves crujidos, de las agachadizas y revuelan los bandos de fringílidos. Cualquier tarde llegarán las primeras grullas.
Y todo bajo los imponentes paredones del Yelmo, de los muros del castillo de Manzanares el Real. Tan lejos que el mar no se puede concebir.
Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza, http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/10/17/gaviotas-en-el-manzanares.html el 17 de octubre de 2015
Las aves tienen su día y también su gran enciclopedia: los diecisiete volúmenes del monumental Handbook of the Birds of the World. Obra mundial de referencia producida por la editorial catalana Lynx Edicions, en colaboración con Birdlife International, la federación que engloba a las principales organizaciones de defensa y estudio de las aves. La gran enciclopedia se cierra con dos volúmenes extra que contienen una completa lista patrón de las casi diez mil especies de aves que habitan el planeta. Algunas de ellas, encaramadas al árbol de la evolución, aparecen ilustradas en una de sus portadas.
Unas cuantas, elegidas al azar, cantan, gritan, silban, reclaman y parlotean. Y todas juntas al final, interpretan el concierto de las aves. El cant del ocells.
Con la intervención, en orden aproximado de aparición, de garzas, avetoros, halcones, avemartillos, lechuzas, tucanes, pájaros ratón, carracas, trogones, cálaos, serpentarios, águilas pescadoras y harpías, avefrías, ostreros, alcaravanes, págalos, gaviotas, gallinas de Guinea, dromas, faisanes, kiwis, varias especies de patos, gangas, tórtolas, flamencos, chotacabras, cucos, vencejos, rascones, colimbos, paíños, fragatas, piqueros, cormoranes, cacatúas, guacamayos, grullas y el tamborileo de los pájaros carpinteros, entre otros muchos.
Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza, el 3 de octubre de 2015 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/10/03/el-concierto-de-las-aves.html
Al crepúsculo, hacia el oeste, el cielo se ilumina al tiempo que el paisaje se apaga. Las encinas no son más que siluetas recortadas, las laderas de monte un telón negro. No se ve nada, pero desde esa oscuridad emergen los sonidos que dan la señal de partida al otoño. Comienza la berrea, el periodo de celo durante el que los ciervos dirimen sus asuntos a voces.
En los últimos días las tormentas han traído un poco de agua; la hierba, pulverizada tras el verano más caliente que se recuerda, empieza ahora a brotar. Las noches refrescan y el celo no puede esperar. Aunque con poca intensidad, los rotundos bramidos de los machos resuenan por las vaguadas, retumban contra las rocas, ruedan ladera abajo. No hay nada más contundente en el paisaje sonoro natural, salvo las tormentas.
Junto a ellos, los otros sonidos de la hora –el crepitar de los petirrojos, los reclamos asustados de los mirlos, el ululato de un cárabo, los ladridos de los zorros- pasan casi desapercibidos. Tan sólo la dulce y tenaz melopea de los últimos grillos, en el otro extremo de la escala sonora, destaca contra los estruendos de la berrea de los ciervos.
Cuaderno de rodaje del largometraje documental Cantábrico, los dominios del oso pardo*.
Entre otras muchas cosas, a lo largo del mes de mayo nos hemos centrado en la grabación de unos picamaderos negros, en los valles de Riaño, León. Hay varios nidos barrenados en los troncos de un rodal de álamos, en cuya base rebulle un enorme hormiguero, principal fuente de alimento de los pájaros carpinteros. Desde el interior de un escondite, una caseta de madera colocada hace tiempo y que ya pasa del todo desapercibida, no puedo verlos, pero los micrófonos colocados apuntando a las cuatro direcciones permiten saber lo que está pasando. Arriba, fuera de la vista, dos picamaderos, un macho y una hembra, relinchan y tamborilean con suavidad. Por la delicadeza de sus voces se puede suponer lo que están haciendo.
El momento pasa y es entonces el macho quien, como un resorte, ataca un tronco para marcar el centro de su territorio de cría. Con ráfagas lentas, sostenidas, de entre treinta y seis y cuarenta y dos picotazos por cada tamborileo.
A la vez, desde dentro de uno de los agujeros, el seleccionado este año para nido, la hembra picotea contra las paredes, parece que envía un mensaje en su particular código cifrado. Sea lo que sea lo que quiere transmitir, en el exterior su compañero se aleja volando por la arboleda, con un relincho agudo muy característico.
En general, todos los pájaros carpinteros buscan su comida bajo las cortezas de los árboles. Por eso, un gran hormiguero abierto por el que rebullen las hormigas acarreando larvas, es una invitación irresistible al banquete. Otros percusionistas se atreven a acercarse al corazón mismo de los dominios del gran picamaderos. Tamborilea ahora un pico picapinos, algo menor, con una cadencia más rápida: entre dieciocho y veinte golpes por ráfaga.
Y otro intruso, un rápido resorte. Como una versión de juguete de los anteriores, más pequeño, mucho más rápido, grita y tabletea un pico menor: entre veintiséis y veintinueve golpes por ráfaga.
En mayo, los bosques cantábricos son el gran instrumento de percusión de los pájaros carpinteros.
*El rodaje de este largometraje documental, producido por Wanda Natura y Bitis, comenzó hace ahora un año y nos va a tener ocupados, al menos, hasta finales de diciembre. Periódicamente aparecen aquí algunas reseñas de este cuaderno de campo sonoro.
Canta un mirlo, y de su garganta sale una miniatura musical.
Hay que ser cuidadoso con las comparaciones. Que el canto de los pájaros tiene elementos comunes con la música es algo evidente: el sentido del ritmo, el tempo, algunas figuras musicales como el crescendo de los ruiseñores o el glisando de los bisbitas.
Pero la música requiere una intención. Los pájaros la tienen, sin duda, pero nosotros no somos los destinatarios.
La mayor parte de las aves canoras se ajustan a patrones de canto más o menos estables. Cantan lo que aprenden, imitan lo que les rodea. Y con eso es suficiente para producir todos los matices del paisaje sonoro. Lo que para muchos suena como un concierto natural.
Pero hay aves que no se conforman con repetir lo que oyen y gustan de explorar las posibilidades de su voz. Entre las ibéricas, los mirlos son, quizá, los más curiosos.
A diferencia de otras especies, no hay dos mirlos que canten igual. Cada individuo tiene su voz personal, una firma sonora propia. Todos los mirlos tienen en común algunos caracteres «mirlescos», como un timbre líquido con un ligero roce, la imperfección que caracteriza a los grandes artistas.
Los mirlos buscan la afinación armónica en sus notas, esa cualidad del sonido, representada por las líneas paralelas de los sonogramas, que hace que una nota suene mejor al oído. Y como cualquier cantante o instrumentista sabe, afinar una nota no es algo casual.
Pero lo que acerca de verdad a los mirlos a la música es su gusto por la variedad. Cada ejemplar, cada macho territorial, busca sus frases, las enlaza de una manera determinada, casi se podría decir que a su gusto, a lo que llega después de muchas horas, muchos amaneceres de ensayo. Algo que, con todas las reservas, se parece mucho al proceso de composición.
Unas palabras sobre los sonogramas. En 1940, los ingenieros de los laboratorios Bell Telephone inventaron el sonógrafo, un aparato que permitía transcribir gráficamente un sonido. Su intención era identificar posibles criminales por medio de sus huellas vocales, tan distintivas de cada individuo, suponían, como los dibujos dactilares.
Pese a todo, los criminales siguen volando de la justicia. Y los sonogramas han quedado para el estudio y disfrute de otras voces. Hoy, con esta mezcla de sonido y caligrafía, vemos el canto de los mirlos.
Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza, el 6 de junio de 2015.