Miguel Delibes y el Señor Antiloquio

Las voces de la naturaleza en una obra literaria

La luz ensanchaba y el perdigón llenaba el campo con su cántico ardiente

 y persuasivo. De la parte del monte sonó una respuesta remota.

-¿Oye? El campo ya contesta.

Miguel Delibes, El Hereje

Las voces de la naturaleza resuenan en la obra de Miguel Delibes. El sonido por escrito es un recurso frecuente, para describir la acción -los cantos de las aves, las campanas y demás elementos del campo-, pero también como base para crear la tensión narrativa. Así, en ocasiones nos describe pormenorizadamente el vocabulario de las aves –las perdices que ajean, corechean y cuchichían expresivamente, según el momento-. Pero en otras páginas los sonidos son el auténtico telón de fondo contra el que se desarrolla la trama narrativa. Como la ominosa estridencia de los grillos, por ejemplo, que acuchillan el silencio y destrozan los nervios de los personajes de Las Ratas:

El canto de los grillos se hacía en la cuenca un verdadero clamor. Era como un alarido múltiple y obstinado que imprimía a los sembrados, al leve cauce del arroyo, a las míseras barracas de barro y paja, a los hoscos tesos que festoneaban el horizonte, una suerte de nerviosa vibración que se ensanchaba en ondas crecientes, como una marea, en los crepúsculos, para amainar en las horas centrales del día o de la noche.

El estruendo de un nublado, calificado de wagneriano, rellena todo el relato de una jornada en el río, mientras el autor intenta, en vano, pescar unas que truchas no están por la labor:

En las alturas hace rato que se está cociendo un nublado. Ahora sí. El nubazo viene por derecho, entre dos crestas góticas, y yo me apresuro a calzarme el chubasquero. Los relámpagos son vivísimos y los truenos, casi sin transición -la nube está encima- explosiones dislocadas, como tableteos de ametralladora a todo volumen (…). En torno, una sucesión ininterrumpida de exhalaciones vivísimas, rayos y centellas, con un fondo horrísono de truenos astillados, como si el anfiteatro de farallones que me rodea se derrumbara de pronto.

El que, quizá, sea su personaje literario más conocido, el Azarías de Los santos inocentes, habla con mimo a su Milana, la primera, el gran búho real. Y como se debe hacer cuando se habla con búho, un animal que ve de oídas, el rústico Azarías le describe el monte en términos sonoros:

…y escuchaba los sonidos de la sierra, el ladrido áspero y triste de la zorra en celo o el bramido de los venados del Coto de Santa Angela, apareándose también, y, de cuando en cuando , le decía,

                           la zorra anda alta, milana, ¿oyes?

A veces, en cambio, Delibes escribe sutiles descripciones impresionistas en las que las palabras convierten un paisaje literario en imágenes sonoras y estas, a su vez, crean transparencias:

La Castilla hiberniza, árida y desolada, se dulcifica con la lluvia. Se diría que el agua la lava, la peina, pule sus aristas, la matiza para convertirla en un inmenso tapiz ondulado de diferentes tonalidades de ocre (…). La transparencia del aire es de una pureza irreal y el ambiente tan quedo, que los pequeños ruidos de la llanura (el ladrido de un perro, el graznido de un cuervo) se transmiten desde lugares remotos, sorprenden por su calidez inmediata.

El Señor Antiloquio

Para ilustrar estos relatos naturalistas donde “el agua suena”, he elegido algunos fragmentos de un texto poco conocido en el que Miguel Delibes charla con el Señor Antiloquio, un barquero de la laguna del Taray, en el corazón de la entonces llamada Mancha Húmeda, para quien “ni el río ni la laguna tienen secretos”. Un amanecer de aquellos años felices en los que por estas tierras anegadizas se desparramaba el agua. El paseo tiene lugar en marzo, cuando “aún no se ha quebrado el letargo invernal, y bajo las estrellas friolentas, reflejadas en el agua”, ambos charlan sobre las aves acuáticas, sus voces y costumbres: “el tímido squic de la focha o el graznido ronco del porrón común”, el estentóreo “-¡Gaa-onc!¡Gag-gag! de los gansos–“¡qué han de ser!”-o el “tiu-bobó del archibebe”.

Navega la barca, “de quilla buida y fondo plano”, se desliza en silencio sobre las tablas, la proa, al abrir su camino, produce un leve chapoteo sedante. Lo mismo que las gotas escurren de la pértiga cada vez que el señor Antiloquio la saca del agua. El silencio de la hora previa al alba es profundo, “tímidamente punteado de cuando en cuando por las fochas impacientes”. A veces, al doblar una masa de carrizos la barca asoma la proa y “aboca a un lucio, dilatado como la mar. Se oye el revuelo de una punta de aves que se ponen en movimiento”.

Para Delibes pasear en barca entre islotes de carrizos y espadañas, es agarrar la paz con la mano, pese a que “el despertar de la laguna tiene algo del despertar del patio de vecindad. Aun así, a ratos sucede un gran silencio, durante el cual el rabudo silba, el porrón grazna, la garza trompetea, la gaviota ríe, el avetoro muge, el archibebe modula, de tal modo que la laguna se transforma en una inmensa sala de conciertos”. Para Delibes, el silencio no es la ausencia de sonido, sino el sosiego.

Con esta selección de momentos en la laguna se ha construido un relato sonoro, algo así como un paisaje sonoro en el que las aves, la barca y el agua suenan al dictado del texto. La selección de fragmentos es intencionada: la jornada lo fue de caza de aves acuáticas. Y aunque a mí me habría gustado que ese día -y otros muchos- los disparos no hubieran rasgado la paz de la mañana, creo que merece la pena escuchar cómo la literatura, como el agua, también suena.

Con textos de los libros Mis amigas las truchas, Las ratas, Los santos inocentes, El hereje, El último coto y La naturaleza amenazada, todos ellos de Ediciones Destino.

Aurrulaque 2018

Sierra de Guadarrama, donde el viento canta.

Este es el texto del Manifiesto del Aurrulaque, la concentración anual en la Pradera de Navarrulaque, en la que los montañeros de la sierra reivindicamos la preservación del Guadarrama. En este año, con voz queda, pedíamos respeto por el silencio de las montañas. 

Treinta y cinco ediciones ya, organizadas por Antonio Sáenz de Miera y, a partir de ahora, por la RSEA Peñalara. La sierra está en buenas manos.

Hablemos de paisajes sonoros, de la banda sonora de la Sierra de Guadarrama. En el año 1999 fundamos la Sociedad Castellarnau, de amigos de Valsaín y La Granja. Y elaboramos una declaración de intenciones en forma de decálogo (en realidad contenía once premisas, tantas como letras tiene el apellido Castellarnau). La segunda de ellas decía:

Apreciamos que la belleza del lugar no ha de verse mermada por actuaciones incorrectas. La belleza que queremos preservar habita tanto en los pequeños detalles como en los grandes espacios.

En esta sentencia se encuentra la entidad del paisaje sonoro, la suma de muchos elementos, pequeños detalles, para formar un gran espacio. Un gran concierto.

Este otro texto de Eduardo Martínez de Pisón, referido a los pinares serranos, resuena en la misma tonalidad:

El pinar a finales del invierno es en realidad la unión de la belleza de la silueta del tronco, del color tan identificador del ramaje rojizo, del crepitar que apenas se oye de su corteza, el paso entre las acículas de los pájaros, un trino lejano y otro próximo y distinto, el claro soleado, los brillos de las micas del granito en el borde de la senda, el sonido del agua, el centelleo de la cumbre nevada entre las copas, el gran bloque gris medio cubierto de musgo, el aroma de las plantas de la ribera o de la sombra, la permanencia de un elegante estilo de la naturaleza, el reencuentro con los recuerdos…

Belleza, crepitares apenas audibles, trinos lejanos, distintos, brillos, el sonido del agua, el reencuentro con los recuerdos… No se puede sintetizar mejor, con más elegancia, el concepto de paisaje sonoro. Esa es la actitud del que escucha, el que espera pacientemente, se acuerda de lo que ya vivió y busca refugio en las soledades. Unas soledades que siempre han anidado en las montañas y que cada vez es preciso buscar más lejos, más hacia el fondo de los valles que en las cumbres.

Al hablar de protección de la naturaleza, de la vida en los bosques, es un clásico citar a H.D. Thoreau, quien escribió cosas como que “cualquier sonido escuchado en la distancia produce el mismo efecto, una vibración de la lira universal”.

Pero yo siempre he preferido a John Muir, contemporáneo suyo, con una visión de la naturaleza muy interesante. Muir fundó el Sierra Club, empujó para la creación del Parque Nacional de Yosemite, creó la definición de parque nacional. Pero, sobre todo, se refirió al concepto de Última Frontera. Se refería a un espacio virgen, lejano, intangible, en el que descansaba la idea de lo sublime, la noción misma de la esencia de un país. Para John Muir esa última frontera era Alaska, el gigantesco e inaccesible territorio, la morada de la naturaleza salvaje.

Nosotros no tenemos esos grandes territorios boreales, pero, modestamente, tenemos la sierra. Para muchos madrileños, un espacio antes evocado que conocido: Siete Picos, Peñalara, Cuerda Larga, La Granja…

Una frontera simbólica, pues, pero que lleva al montañero, al naturalista, a buscarla no sólo tras los rincones más recónditos de la sierra, sino también en los momentos más serenos. Un viaje por el espacio, pero también por las horas, un recorrido con nocturnidades y madrugones, al lugar, no necesariamente muy lejano, donde el ruido aún no ha despertado y donde el viento (y los pájaros, y los anfibios, y los insectos) cantan.

Y, ¿qué silencios se escuchan en estas montañas? Pues esos “silencios que parecen sonoros” a los que hacía alusión Pío Baroja en su novela Camino de Perfección.

Sonoro es el silencio blanco de las nevadas, cuando todo se mueve pero nada suena. Sonoro es el murmullo de los valles, un rumor continuo formado por la suma de las voces de vientos y aguas, filtradas por la vegetación y atenuadas por la distancia. Silencio verde -serenidad, que es lo que en realidad queremos decir cuando hablamos de silencio-, es el viento largo que transporta el canto de los pájaros, la suma de muchas voces, diferentes mensajes, ninguno dirigido a nosotros, pero que nosotros interpretamos como la música del paisaje. Lo que incluye frases musicales-mirlos-, ritmo y compás- carboneros- y hasta percusión, en los tamborileos de los pájaros carpinteros que resuenan y convierten al bosque, al pinar, en un instrumento de percusión.

Desmenucemos un paisaje sonoro. Un pájaro que canta delimita su territorio; dos pájaros son un conflicto, una pelea a voces; todos los pájaros de un lugar, más el viento, más los crujidos de las ramas y el susurro de millones de hojas componen el concierto de un bosque. Un cencerro es una oveja; varios –piquetas, peseteras, zumbos- son un rebaño; junto a las voces del pastor y los ladridos de los perros sugieren una cultura, una forma de vida. Y un trueno que estalla en el cielo y retumba por las laderas rellenando todos los espacios y recovecos, esboza la imagen sonora de un valle.

Los sonidos del Guadarrama, los silencios, no resuenan sólo en el paisaje. También los encontramos en los textos. Ya hemos visto algunos ejemplos. De ese tipo de silencio, de sosiego, se ha escrito cuando se escribe de la Sierra. Pero, ¿quién reconocería hoy La Pedriza en esta descripción de Constancio Bernaldo de Quirós?:

Y apenas la noche ha suprimido las formas y el color del mundo y el paisaje, éste adquiere nuevos elementos de sensaciones hasta entonces relegadas por la luz a términos lejanos, casi subconscientes. Repentinamente el arroyo parece haber aumentado su caudal al oírsele más fuerte e insistente; el aire tiene vagos olores de esencias que emanan de excelsas lejanías silentes…

¿Quién, como José María Gabriel y Galán, recuerda una noche como esta?

Yo he pasado negras noches en la selva

recostado cabe el tronco de un abeto.

 Escuchando los rumores del torrente

  y los trémulos bramidos de los ciervos,

y el ahullido (sic) plañidero de la loba,

y las músicas erráticas del viento,

 y el insólito graznido de los cárabos

 que parece carcajada del infierno.

O esta de Pedro Fernández-Cocero, el mejor escritor de La Granja:

En torno a mi pequeña tienda de campaña, merodeos sigilosos sobre materia vegetal. Silencio sin fisuras, después. Y ahora la blanda conversación entre la brisa y la lona. En algún lugar, sin ubicación, el ulular de las aves rapaces, señoras de la tiniebla. Dilatada pausa. Una piña, que ha esperado esta hora para caer. Ha girado sin duda una térmica y el arroyo lejano dice por breves momentos que sigue allí donde lo sabíamos. El arroyo enmudece. Pirámides de ningún ruido.

Cerrando con algunos pasajes  de Antonio Machado:

Lejos relumbra la piedra

del áspero Guadarrama.

Agua que brilla y no suena (…).

(…) Allí hay barrancos hondos

De pinos verdes donde el viento canta.


El ruido

Hasta aquí la música. A partir de ahora, el ruido.

El sonido, además, nos permite observar nuestro entorno desde otra perspectiva. Podemos cerrar los ojos y dejar de ver. Pero no podemos cerrar los oídos y volvernos sordos a los mensajes que emite el paisaje. En cierto modo, la mirada nos coloca como espectadores en el borde del espacio; todo lo que vemos está enfrente y más allá de nuestros ojos. El oído, en cambio, es inmersivo, siempre nos coloca en el centro del espacio sonoro, envueltos por voces, murmullos, crujidos y silencios. El sonido no respeta los límites, sólo distancias.

Y esto es lo que nos cuenta.

La soledad sonora del Guadarrama está siendo asaltada desde todas las esquinas. Por arriba, al caer íntegramente bajo la sombra acústica del aeropuerto de Barajas, que según los vientos que dirigen a los aviones, utiliza –ironías- el puerto de Cotos como baliza de aproximación.

Por las carreteras, nieva, llueva o haga sol, avanza un rugido imparable que rellena el fondo de los valles de suciedad sonora.

Contra todo esto poco se puede hacer. Es el signo de los tiempos, dicen. Pero luego a ello hay que sumar otros pequeños “ruidos”. Los que proceden de ciertas actividades que, oídos uno a uno, pudieran parecer murmullos pasajeros pero que, en conjunto, aportan nuevos estruendos. Las aglomeraciones en determinadas zonas, las carreras de montaña masificadas, la competición para hollar más alto, más lejos y más fuerte… y a ser posible en tropel. Si un caminante, un corredor o un ciclista son sólo un punto, una carrera es un trazo, una ráfaga.

Hay otro tipo de “ruido”, que no suena, pero que impone mutismo a la sierra. Es la luz, la luz nocturna que derrochamos a manos llenas y que enciende los espacios más oscuros con el halo lechoso de los vapores de sodio. Y bajo esa luz espectral las aves nocturnas callan, se retiran, de día empujadas por el ruido, de noche por la claridad artificial. Un cerco que se cierra y que desde hace años cuenta con una cabeza de puente en lo que debería ser el corazón de las tinieblas, la iluminación del puerto de Navacerrada que, como una mancha, interrumpe los perfiles negros de las montañas nocturnas.

Y todo esto en un Parque Nacional, donde, al menos sobre el papel, las prioridades deberían estar claras. Pero lo cierto es que el futuro de la sierra es un enigma.

Porque un Parque Nacional no es garantía de nada.

El de Ordesa y Monte Perdido se fundó hace ahora cien años para preservar el bucardo pirenaico, extinguido hace unos años.

En La Montaña de Covadonga, donde, por cierto, se inauguró la política de compartimentación en la cogestión al ser ampliado a Picos de Europa, ha pasado un siglo sin templar en la guerra entre ganaderos y lobos. Lo malo es que ahora el PN parece que ha cambiado de bando.

Las Tablas de Daimiel no son dos ríos que se desbordan en la llanura manchega, sino una represa. Paradójicamente, uno de ellos, el Guadiana, ya no nace en los Ojos, sino en la cabecera del Tajo, a través del trasvase al Segura.

Sierra Nevada lucha por no ser una sucursal de Solynieve.

El Archipiélago de Cabrera es cada vez más un fondeadero de yates.

Las Islas Atlánticas de Galicia deberían cambiar su nombre por el de Playas Atlánticas de Galicia.

El Teide es el primer destino turístico de naturaleza de España.

¿Y Guadarrama…?

Lo dicho, un enigma. Porque aquí se puede estar trazando el futuro del significado de un Parque Nacional. Así como hace un siglo se pensaba en la sierra como modelo (educativo, regeneracionista, higienista), parece que hoy en día la sierra también puede servir de inspiración, de modelo para la gestión de los espacios naturales, sometidos a la presión intensa de una ciudadanía ansiosa por escapar, siquiera por unas horas, de sus barreras. Y la sierra, que fue barrera para tantas avalanchas, puede que no sea capaz de soportar esta.

Y todo esto se produce porque ha tenido lugar un cambio de paradigma. El éxito de la gestión de un espacio protegido se mide ahora por el número de visitantes. El placer de una visita, por las facilidades para llegar hasta el final con el menor esfuerzo. El resultado es la trivialización de lo sublime. En la Sierra cabe mucha gente; en el ruido no cabe el silencio.

Cambios climáticos

¿Y qué más? Lo peor que está por venir. Otra oleada. Las temperaturas suben, los veranos empiezan cada año un poco antes, de manera que aquí, en la sierra, en los últimos treinta años la llegada de la temporada estival se ha adelantado tres semanas. El aumento de las temperaturas es visible en la reducción de los neveros, en la sequedad de los ventisqueros. Las lluvias se concentran, las tormentas veraniegas son raras. Y el paisaje sonoro cambia. La composición de la orquesta varía. Algunas especies, las más resistentes, se dejan oír cada vez más. Otras, mas sensibles, discretamente callan. En las zonas tranquilas, por las noches, aumenta el número de cárabos, pero cada vez se oyen menos, y por menos tiempo, los ronroneos de los chotacabras. En las praderas de la rampa se escucha cada vez menos el bordoneo intenso de las abejas, la base de tantas cosas. La termoclina sube, y con ella llegan nuevas voces. Podría parecer una buena noticia, pero el canto nocturno de los ruiseñores, tan refrescante, asciende ladera arriba hasta puntos donde, al menos yo, no había reparado en ellos. Y no, definitivamente, no es una buena noticia la incorporación al concierto natural del pinar de Valsaín, a 1.200 metros de altitud en la cara norte, fresca y umbría, de un sonido tan asociado al calor veraniego como el de las cigarras, las “chicharras”. Si, como se suele decir, el sonido es un termómetro, no hay mejor indicio de la subida de las temperaturas que la aparición de este sonido estridente, de dientes de sierra, que nos recuerda el significado de la palabra “achicharrarse”.

De momento todo ello ruidos que –salvo el de los aviones- ascienden desde el fondo de los valles. La altitud y las pendientes de las montañas siempre han sido su defensa. Hasta que la gente decidió aceptar el desafío.

¿Y qué pinta un naturalista metido a técnico de sonido denunciando este pandemonium? Poca cosa, o nada. Una voz contra muchas, ni siquiera un contrapeso.

Para terminar volveré a nuestro manifiesto fundacional, el punto once de nuestro decálogo:

        Utilizaremos el debate y la polémica, pero sin olvidar el buen gusto y el respeto al               otro, actuando siempre bajo los dictados de la libertad y el buen humor.

Pues lo dicho. A correr, a trepar y a triscar por las veredas de la sierra. Con una sonrisa y, por favor, en silencio.

Carlos de Hita, Valsaín, julio de 2018.

A vuelapluma

Escrito con letras cogidas del aire

Grajo: palabrota con alas

Ramón Gómez de la Serna, Greguerías

 

Con toda probabilidad, lakalaka es la primera alusión al paisaje sonoro de la historia. El término aparece escrito en una tablilla de barro de época sumeria, con cuatro mil años de antigüedad, y se refiere a un ave grande que habitaba en edificios urbanos. La lakalaka es la cigüeña y el nombre es una onomatopeya, la transcripción del sonido del crotorar, el castañeteo que hacen estas aves con el pico en la ceremonia de salutación del nido.

Desde entonces el sonido está muy presente en los nombres vernáculos de las aves. Un texto con la relación de las especies que cantan, silban y gorjean en un lugar es como un dictado, una transcripción de la componente sonora del paisaje. El concierto natural está escrito en el aire.

Por ejemplo. En casi cualquier arboleda, al amanecer de primavera, los primeros compases suelen venir de la totovía, un pájaro que en las dos últimas sílabas lleva escritas las notas finales de su secuencia de canto. También con las primeras luces los cucos pronuncian su nombre desde todas las esquinas del bosque, mientras las palomas zuritas zurean, las tórtolas emiten su arrullo -tur tur- y los zorzales charlos dejan oír su reclamo, un chirrido líquido. Los pinzones lanzan sus silbidos –pin pin- fuertes y agudos. Y una multitud de páridos ocupa con sus voces el fondo sonoro del bosque: los términos chichipán, chapín, machachín, cuchinchín y pichichí, entre otros muchos vernáculos diseminados por toda España, pronunciados con el ritmo y la entonación adecuadas, son transcripción casi perfecta del canto de los carboneros comunes. Al tiempo, la llamada bi y trisilábica de las abubillas –bu bu bu-, en frases rápidas y repetidas hasta el aburrimiento, colorean el más literario de los paisajes.

Bisbisean los bisbitas, ganguean las gangas. Las bandadas de sisones vuelan envueltas en el siseo agudo que emiten las puntas de las alas al batir. El críalo, pariente cercano del cuco, grita y parece mandar un recado -“críalo, críalo”- a las aves parasitadas encargadas de sacar adelante a sus pollos.

Pero si hay un grupo que lleve la voz escrita en el nombre es el de los córvidos. Pronúnciense las palabras cuervo, graja, corneja, arrendajo, urraca y chova haciendo rodar las erres, arrastrando las jotas desde lo más alto del paladar, y se tendrá un desgarrado catálogo de los graznidos, quejidos, crujidos y crocitares de estas aves.

Al caer la tarde se produce el cambio de guardia, y el concierto cambia también de tonalidad. Grillan los grillos y de las espesuras salen unos silbidos agudos encadenados con un breve ronquido: reclama la silbarronca, el otro nombre del ruiseñor. La pagañera, que es como también se conoce al chotacabras pardo, deja oír su matraqueo repetitivo –pagá, pagá– mientras vuela en círculos sobre los claros del bosque. Silban los gatillos de monte, los autillos –aut aut– y maúllan los bien llamados gatomochuelos.

Pasará el verano y llegarán los fríos del otoño. Y con ellos las grullas gruirán, ganguearán los gansos y silbarán los ánades silbones. Reirán las gaviotas reidoras, mugirán los avetoros, trinarán los zarapitos trinadores y los archibebes –chí vi ví, o tiu bo bó, según se oiga-. Hasta que cualquier noche, allá por diciembre, en lo más oscuro del año, una nota larga y profunda se escuche, como suspendida entre dos paredones rocoso: los búhos reales lanzan la primera sílaba de su nombre.

Publicado en el número de la revista Leer de febrero de 2017, dedicado a la literatura de la naturaleza.

Paúles, llamazares, lavajos y tremedales

Los paisajes del agua. Un diccionario de aguazales

Foto: un llamazar en Valle de Lago, Somiedo, Asturias

Marjal, lavajo, albufera, nava, paúl, jaraíz, tablazo… Nombres para designar, respectivamente, un terreno anegadizo, una pequeña laguna esteparia artificial, una laguna litoral comunicada con el mar, un terreno llano encharcadizo, una pradera entollada, un estanque y una lámina abierta de agua. Almarjal, cañaveral, carrizal, espadañal, juncal y junquera, o izaga, son los sitios poblados de almarjos, cañas, carrizos, espadañas y juncos, respectivamente, por lo general terrenos bajos y pantanosos en los que prevalece la especie vegetal que les da el nombre. Estos son sólo algunos de los muchos nombres con que se designan en nuestra lengua a las diferentes tipos de zonas húmedas. Simples como somos en lo que se refiere a la observación del campo, acostumbrados a llamar montaña a las elevaciones grandes y lomas a las pequeñas, sorprende semejante capacidad de observación y de calificación. El agua es un elemento fundamental del paisaje, incluso cuando falta. Por eso, no es de extrañar que la lengua castellana cuente con gran número de términos geográficos para describir cualquier tipo de paisaje en el que el agua sea elemento generador.

Un atolladero es el paraje pantanoso y anegadizo que dificulta el tránsito a las caballerías y carruajes. Varios términos describen terrenos mal drenados y encharcados, pero con diferencias de matiz entre ellas. Así, budial es un terreno pantanoso en el que brotan las aguas manantiales, lo que le diferencia de un llamazar o un lodachar, donde el agua puede ser de escorrentía. El tremedal, terreno bajo y pantanoso, cubierto de hierba, debe el nombre a la vibración que se produce al caminar por encima de él, lo que le diferencia de la simple ciénaga.

Según el Diccionario de Voces Españolas Geográficas, publicado por la Real Academia de la Historia en 1.796, ermunia es una «especie de tierra que también se llama armunia, conocida con este nombre en Castilla y Aragón: y es la que, a diferencia de la tierra de barros, requiere lluvias más continuas. Esta calidad dio lugar al refrán: lo que la armunia desea Campos no vea: porque la tierra barrosa de Campos con la abundancia continuada de lluvias da menos.»

Paúl y paular son los lugares en que se detienen y estancan las aguas, quedando como pradeños. Tiene la misma raíz latina que palustre, el genérico para referirse a todo tipo de áreas encharcadas.

Balsa, baña, bañil y lavajo son términos para los depósitos artificiales en que se recogen las aguas para riego y abrevar los ganados. Si el depósito es natural se denomina charca. Y si el agua esta sucia nos encontramos ante un pecinal.

El viaje del agua puede empezar en un sudadero, el terreno cortado por el que transpira el agua en pequeñas cantidades, a modo de sudor. También puede aflorar a la superficie por manantíos, ojos y hervideros, según la turbulencia y la fuerza con que asome. Después corre por la madre, el suelo o lecho por donde fluye el río. Pero si es un cauce artificial, una cacera o acequia, estaremos ante una madriz. Lo que al principio puede ser un simple regajo, o regato, arroyuelo formado por las lluvias, de poca corriente y permanencia, se convertirá en torrente, dejando acumulados en las orillas los materiales arrastrados, o torronteras. La junta de dos corrientes de agua se conoce como ambasmestas, entrambasmestas o, simplemente, mestas. Todos ellos han dado lugar al nombre de numerosas localidades.

Llegado el estiaje, la ribera que corre entre vegas y encajonada entre ribazos, dejará pozancos, pozas aisladas en las orillas que contienen aguas estancadas, y guérfagos, remansos profundos del río, en que hay olas y las aguas hacen remolino.

En definitiva, mil paisajes por los que ir a dar a la mar.

El presente texto es una extracto de mi libro Espacio para imaginar, publicado por la Junta de Castilla y León.

Miguel Delibes: un calendario sonoro

Doce meses, doce miniaturas sonoras a partir de los textos del escritor español Miguel Delibes (1920-2010), cuya obra está llena de descripciones del paisaje a través de sus sonidos. Un calendario sonoro en una obra literaria. Con fragmentos de los libros El hereje, Los santos inocentes, Diario de un cazador, El último coto, Viejas historias de Castilla la Vieja y otros. Con texto leído.