Ver de oídas

Abrenoite, el murciélago, despierta con la caída de la tarde. Un grupo de pipistrelos,  de murciélagos enanos, empieza a rebullir bajo las maderas desvencijadas de una casa de campo. Su vuelo es rápido, preciso, seguro. Buscan insectos voladores y la falta de luz no es un problema.

A su paso se escuchan series de pulsos agudos, muy cortos, como pinchazos en el oído. Y es en ellos donde encontramos la clave de su arte para navegar. Estos pulsos son la parte audible de sus ultrasonidos, las señales acústicas de muy alta frecuencia que al chocar contra cualquier obstáculo -una pared, una rama, un insecto volador- rebotan en forma de eco. Es como si un haz de sonidos –de ultrasonidos- iluminara el espacio ante ellos, produciendo en su mente una imagen acústica. Volando entre las sombras del crepúsculo y la noche, los murciélagos, literalmente, ven de oídas.

 

Por definición, los ultrasonidos son inaudibles. Sólo podemos intentar comprenderlos por medios técnicos, transformándolos a frecuencias a las que seamos sensibles. Un proceso análogo al de esas cámaras capaces de convertir la luz infrarroja y ver en la oscuridad. El resultado es una extraña serie de clicks, de silbidos y señales en frecuencia modulada que a nosotros nada nos dicen, pero que, desde el punto de vista de un murciélago, conforman una  geometría acústica.

En este montaje se entrelazan sonidos e imágenes reales con esas transformaciones; las sombras del crepúsculo con la imagen infrarroja; los pulsos agudos  con los ultrasonidos convertidos. El mundo de la noche, tal y como lo percibimos nosotros, y en la versión fantasmagórica de los murciélagos.

Bosques de luna llena

La luna llena entra en el bosque. Los colores del otoño desaparecen pero las hojas de los árboles se recortan contra el disco blanco. La noche crea paisajes al aguatinta. Esto que sigue es algo así como la banda sonora de un herbario forestal.

Por las acículas de los pinos gritan y ululan los cárabos.

Entre los robles, bajo la luna, brama un ciervo. El vozarrón ronco se estira,  la reverberación que mide la profundidad del valle.

En las copas de las hayas hacen acopio los lirones grises. Están saliendo los hayucos, el bosque es un almacén de frutos secos, y por la bóveda forestal rebullen múltiples presencias.

Un zorro ladra debajo de un abedul.

Y un búho real merodea a lo lejos, por la periferia del abetal.

De color amarillo rojizo de día, de noche soporte de una nube de insectos: la hoja de arce.

El viento sacude las hojas de un chopo, un álamo blanco. Por abajo fluye la corriente; por encima, sobre la orilla, gritan las garzas reales.

Al claro de luna el bosque cobra vida.