En un comedero invernal

Pese a la nevada intensa y el frío extremo, la actividad en el bosque no se detiene, concentrada en los pocos sitios donde es posible encontrar comida. En torno a un comedero, una caseta de madera que ofrece un precario refugio, los pájaros forestales se arremolinan, hambrientos. Donde hay necesidad siempre hay gresca.

El sonido es cercano, cerrado, como si escucháramos a través de una lupa. Es, por decir, una realidad sonora aumentada. Predominan los zumbidos de los aleteos, las enérgicas sacudidas que arrancan y detienen las trayectorias de los pájaros. Y constantemente se oyen los reclamos, más o menos amables, de jilgueros, verdes, carboneros y herrerillos comunes y los gordos pinzones vulgares. Parece que alborotan demasiado y alguna señal pone en guardia a la comunidad del bosque: un pico picapinos lanza un grito de alarma, un mirlo parlotea con voz destemplada. Mientras, los comensales, que tiran más comida de la que pueden tragar, bajan al suelo nevado donde, oscuros contra el fondo blanco, son presa fácil.

La alarma del bosque tenía un motivo. Fugazmente, casi sin tiempo para verlo venir, un gavilán cruza el claro y se abalanza sobre la nieve. El gavilán domina la persecución en vuelo, la caza en el suelo no es su técnica, y el instante que necesita para picar proporciona a los comensales el tiempo justo para escapar.

A todos los vientos

Instalación audiovisual sobre los paisajes sonoros creados por el viento. Palacio de Quintanar, Segovia, de diciembre de 2020 a febrero de 2021.

Cinco escuchas parciales y la suma de todas ellas.

Un recorrido sonoro

El viento hace sonar al silencio. A su paso el paisaje sonoro se transforma.

Los sonidos del bosque: el viento y la madera

El paisaje sonoro del bosque definido por los sonidos de la madera. Una suave brisa mece los troncos, de los que escapan crujidos y gemidos. A la vez, los pájaros carpinteros tamborilean contra los troncos desde las cuatro esquinas del bosque.

Viento mineral: sobre el eco y la forma

Su soplo describe un mundo inerte y mineral, arranca todas las notas de la escala a las diferentes aristas y superficies de la roca. En el paisaje vertical una chova restalla, y su voz rebota un instante después en las paredes de enfrente. Pero si hay un sonido que trace las formas de un lugar, la forma de la roca, es el trueno: estalla una tormenta y cada estampido rueda y rebota por las anfractuosidades del terreno.

Resonancias. El viento encerrado

Un ruido sordo surge de todas partes y de ninguna en particular. Parece emerger del fondo de la tierra. En realidad no es el viento, sino el estremecimiento de los muros de piedra de la torre de la catedral de Segovia, sacudida por el viento. Fuera, lejos, tañen las campanas de la ciudad, arremolinadas como un rebaño en torno a la llamada de la gran campana del reloj, que, como el trueno después del rayo, se estira y reverbera durante un largo tiempo.

A todos los vientos

Todo lo que suena llega a impulsos de las rachas de viento desabrido que corre, sin freno, por la llanura. Desde los cuatro puntos cardinales llegan las voces lejanas de la meseta, como desflecadas, perdidas sus aristas. Anochece y una bandada de grullas se apoya en el vendaval, sobrevuela el escenario y se pierde hacia el horizonte. A su paso, en la estela de silencio, aúlla el lobo alfa y las voces de la manada viajan, moduladas en el viento, hacia los límites de su territorio de caza.

Contra el viento oceánico

El viento, su ausencia, en fin, se hace notar cuando ya no suena, con la atmósfera quieta pero el mundo aún agitado: después de la tempestad, las olas, el mar de fondo, miden, a compás, el paso del tiempo. En una bahía, ni mar ni tierra, solo barro y las voces líquidas de las aves acuáticas destacan en la distancia.

Palacio de Quintanar, Segovia

Más allá del ruido

Ahora que tanta gente está descubriendo que hay vida detrás del tráfico, recuerdo esta instalación sonora en el Conde Duque de Madrid, febrero de 2014. Durante unos minutos, en la penumbra de las bóvedas y dentro de un círculo de altavoces, se escuchaba una secuencia con esas otras voces. En el montaje, el tráfico arrancaba y paraba bajo el mando del pitido de un semáforo, y en las pausas la ciudad respiraba. Entonces, con las calles en su estado natural, es decir, invadidas por los coches, costó bastante grabar al otro lado de la barrera del ruido.

Este texto era el guion de la secuencia sonora:

Más allá del ruido
Una geografía sonora

Hubo un tiempo en el que se decía que debajo de los adoquines estaba la playa.

Madrid vive bajo una dura capa, oculta por el espeso telón del tráfico. Un bramido denso que avanza por oleadas. Pero cuando calla, más allá del ruido, la ciudad respira.

Esto es una geografía sonora, un recorrido por algunos de los paisajes urbanos que suenan detrás del ruido, donde está el silencio. Empieza antes del amanecer, a la luz fría, no del alba, sino de las farolas, cuando el tráfico no es más que un murmullo. En el Prado, tras la verja del Jardín Botánico, se escuchan viejas melodías. Canta un mirlo, que no consigue expandir la serenidad de la noche. Otras voces lo intentan –gorriones, urracas, verdecillos… -, pero los coches se anticipan y el estruendo lo tapa todo.

Un semáforo– nada más que una luz y un sonido- se interpone y frena a la bestia. Y durante unos segundos las llamadas de la ciudad emergen, se hacen un hueco. Desde los subterráneos del Metro, en las aceras, se escuchan las músicas callejeras de todos los estilos, de medio mundo. En vivo o enlatadas; de paso o aferradas a una esquina; fanfarrias solemnes o bandas festivas.

El semáforo parpadea, el zumbido electrónico se entrecorta y la masa de ruido desborda otra vez el dique. Cuando se amansa, en las plazas Madrid es Babel. Y un zoco al aire libre. La música del mundo también está en las guturales voces africanas, en las cantarinas voces asiáticas, en las dulces entonaciones latinas. Hay gritos de asombro y de protesta.

Por la ciudad corre veloz la urgencia. Una ambulancia pasa y deja un rastro de silencio. Y el tráfico, contenido, permite ahora la propagación de otros mensajes: las campanas, los carrillones, las voces, los sonidos del trabajo. Las calles adoquinadas y los muros de piedra del viejo Madrid devuelven los ecos y las reverberaciones; éstas, a su vez, rellenan el espacio, lo definen, lo dibujan y nos lo cuentan.

Por encima, sobre los tejados, tan arriba que hasta el tráfico se calla, los vencejos trazan la línea del cielo con su vuelo rasante. A lo lejos, las cumbres del Guadarrama.

Y abajo, el Retiro, o cualquiera de los grandes parques. Caminamos bajo los tilos, bajo los arces y los castaños de Indias. Los pájaros carpinteros delimitan con sus tamborileos las esquinas de estos bosques ordenados; desde las copas zurean las torcaces; de las marañas del suelo escapan los cantos enmarañados de ruiseñores, zarceros, currucas y demás pájaros de las espesuras.

En Madrid, bajo los adoquines no está la playa. Pero aquí, entre los árboles, más allá del ruido, la ciudad es un bosque.

Madrid, febrero de 2014

El cuco y la corneja


Viernes, 10 de abril
Hay bronca en el bosque. En estos días han llegado a Valsaín los primeros cucos, consumados parásitos, especialistas en dejar que sean otros quienes incuben sus huevos. El cuco se burla, las cornejas lo saben y no parecen dispuestas a dejarse engañar.

El viaje que no podrá ser


Viernes, 3 de abril
Esta es la crónica sonora de un viaje de semana santa que no podrá ser. En realidad este es el único sonido grabado en el día de hoy, un mirlo en la ventana de casa. Todo lo que sigue son recuerdos, registros de anteriores y más felices primaveras. Así, imagino que ahora mismo las gaviotas andarán con sus pendencias por A Costa da Morte. Las codornices anunciarán la buena cosecha en los trigales de la Tierra de Campos, mientras que alguna perdiz roja corecheará subida a un majano, en los una dehesa de la Campiña Sur. En los abetales del Pallars costará desentrelazar esta maraña sonora. Un alcaraván silbará en los predios de Menorca, y los flamencos andarán quejándose en las marismas del Guadalquivir. Resistiremos aún, antes de volver a pasear bajo las umbrías laurisilvas canarias.