En un comedero invernal

Pese a la nevada intensa y el frío extremo, la actividad en el bosque no se detiene, concentrada en los pocos sitios donde es posible encontrar comida. En torno a un comedero, una caseta de madera que ofrece un precario refugio, los pájaros forestales se arremolinan, hambrientos. Donde hay necesidad siempre hay gresca.

El sonido es cercano, cerrado, como si escucháramos a través de una lupa. Es, por decir, una realidad sonora aumentada. Predominan los zumbidos de los aleteos, las enérgicas sacudidas que arrancan y detienen las trayectorias de los pájaros. Y constantemente se oyen los reclamos, más o menos amables, de jilgueros, verdes, carboneros y herrerillos comunes y los gordos pinzones vulgares. Parece que alborotan demasiado y alguna señal pone en guardia a la comunidad del bosque: un pico picapinos lanza un grito de alarma, un mirlo parlotea con voz destemplada. Mientras, los comensales, que tiran más comida de la que pueden tragar, bajan al suelo nevado donde, oscuros contra el fondo blanco, son presa fácil.

La alarma del bosque tenía un motivo. Fugazmente, casi sin tiempo para verlo venir, un gavilán cruza el claro y se abalanza sobre la nieve. El gavilán domina la persecución en vuelo, la caza en el suelo no es su técnica, y el instante que necesita para picar proporciona a los comensales el tiempo justo para escapar.

Miguel Delibes y el Señor Antiloquio

Las voces de la naturaleza en una obra literaria

La luz ensanchaba y el perdigón llenaba el campo con su cántico ardiente

 y persuasivo. De la parte del monte sonó una respuesta remota.

-¿Oye? El campo ya contesta.

Miguel Delibes, El Hereje

Las voces de la naturaleza resuenan en la obra de Miguel Delibes. El sonido por escrito es un recurso frecuente, para describir la acción -los cantos de las aves, las campanas y demás elementos del campo-, pero también como base para crear la tensión narrativa. Así, en ocasiones nos describe pormenorizadamente el vocabulario de las aves –las perdices que ajean, corechean y cuchichían expresivamente, según el momento-. Pero en otras páginas los sonidos son el auténtico telón de fondo contra el que se desarrolla la trama narrativa. Como la ominosa estridencia de los grillos, por ejemplo, que acuchillan el silencio y destrozan los nervios de los personajes de Las Ratas:

El canto de los grillos se hacía en la cuenca un verdadero clamor. Era como un alarido múltiple y obstinado que imprimía a los sembrados, al leve cauce del arroyo, a las míseras barracas de barro y paja, a los hoscos tesos que festoneaban el horizonte, una suerte de nerviosa vibración que se ensanchaba en ondas crecientes, como una marea, en los crepúsculos, para amainar en las horas centrales del día o de la noche.

El estruendo de un nublado, calificado de wagneriano, rellena todo el relato de una jornada en el río, mientras el autor intenta, en vano, pescar unas que truchas no están por la labor:

En las alturas hace rato que se está cociendo un nublado. Ahora sí. El nubazo viene por derecho, entre dos crestas góticas, y yo me apresuro a calzarme el chubasquero. Los relámpagos son vivísimos y los truenos, casi sin transición -la nube está encima- explosiones dislocadas, como tableteos de ametralladora a todo volumen (…). En torno, una sucesión ininterrumpida de exhalaciones vivísimas, rayos y centellas, con un fondo horrísono de truenos astillados, como si el anfiteatro de farallones que me rodea se derrumbara de pronto.

El que, quizá, sea su personaje literario más conocido, el Azarías de Los santos inocentes, habla con mimo a su Milana, la primera, el gran búho real. Y como se debe hacer cuando se habla con búho, un animal que ve de oídas, el rústico Azarías le describe el monte en términos sonoros:

…y escuchaba los sonidos de la sierra, el ladrido áspero y triste de la zorra en celo o el bramido de los venados del Coto de Santa Angela, apareándose también, y, de cuando en cuando , le decía,

                           la zorra anda alta, milana, ¿oyes?

A veces, en cambio, Delibes escribe sutiles descripciones impresionistas en las que las palabras convierten un paisaje literario en imágenes sonoras y estas, a su vez, crean transparencias:

La Castilla hiberniza, árida y desolada, se dulcifica con la lluvia. Se diría que el agua la lava, la peina, pule sus aristas, la matiza para convertirla en un inmenso tapiz ondulado de diferentes tonalidades de ocre (…). La transparencia del aire es de una pureza irreal y el ambiente tan quedo, que los pequeños ruidos de la llanura (el ladrido de un perro, el graznido de un cuervo) se transmiten desde lugares remotos, sorprenden por su calidez inmediata.

El Señor Antiloquio

Para ilustrar estos relatos naturalistas donde “el agua suena”, he elegido algunos fragmentos de un texto poco conocido en el que Miguel Delibes charla con el Señor Antiloquio, un barquero de la laguna del Taray, en el corazón de la entonces llamada Mancha Húmeda, para quien “ni el río ni la laguna tienen secretos”. Un amanecer de aquellos años felices en los que por estas tierras anegadizas se desparramaba el agua. El paseo tiene lugar en marzo, cuando “aún no se ha quebrado el letargo invernal, y bajo las estrellas friolentas, reflejadas en el agua”, ambos charlan sobre las aves acuáticas, sus voces y costumbres: “el tímido squic de la focha o el graznido ronco del porrón común”, el estentóreo “-¡Gaa-onc!¡Gag-gag! de los gansos–“¡qué han de ser!”-o el “tiu-bobó del archibebe”.

Navega la barca, “de quilla buida y fondo plano”, se desliza en silencio sobre las tablas, la proa, al abrir su camino, produce un leve chapoteo sedante. Lo mismo que las gotas escurren de la pértiga cada vez que el señor Antiloquio la saca del agua. El silencio de la hora previa al alba es profundo, “tímidamente punteado de cuando en cuando por las fochas impacientes”. A veces, al doblar una masa de carrizos la barca asoma la proa y “aboca a un lucio, dilatado como la mar. Se oye el revuelo de una punta de aves que se ponen en movimiento”.

Para Delibes pasear en barca entre islotes de carrizos y espadañas, es agarrar la paz con la mano, pese a que “el despertar de la laguna tiene algo del despertar del patio de vecindad. Aun así, a ratos sucede un gran silencio, durante el cual el rabudo silba, el porrón grazna, la garza trompetea, la gaviota ríe, el avetoro muge, el archibebe modula, de tal modo que la laguna se transforma en una inmensa sala de conciertos”. Para Delibes, el silencio no es la ausencia de sonido, sino el sosiego.

Con esta selección de momentos en la laguna se ha construido un relato sonoro, algo así como un paisaje sonoro en el que las aves, la barca y el agua suenan al dictado del texto. La selección de fragmentos es intencionada: la jornada lo fue de caza de aves acuáticas. Y aunque a mí me habría gustado que ese día -y otros muchos- los disparos no hubieran rasgado la paz de la mañana, creo que merece la pena escuchar cómo la literatura, como el agua, también suena.

Con textos de los libros Mis amigas las truchas, Las ratas, Los santos inocentes, El hereje, El último coto y La naturaleza amenazada, todos ellos de Ediciones Destino.

Un calendario del agua

El paisaje sonoro cambia a lo largo del año. Las aguas dulces tienen su calendario.

Enero. Silencio en la alta noche en la marisma inundada, roto por los graznidos desgarrados de unos pocos gansos solitarios.

Febrero. Desde el corazón de un carrizal, rodeado por millones de cañas, bufa un avetoro.

Marzo. Con las intensas lluvias el campo se encharca, y algunos anfibios -ranitas de San Antón, sobre todo- lo agradecen cantando a coro.

Abril. Deshielo en la montaña, el agua escurre por todas partes. Y por todas partes, pero contra el cielo, restallan las chovas.

Mayo. El ruiseñor y la fuente. Con los autillos al fondo, marcando el paso del tiempo.

Junio. Días de bonanza. Un regato riega los pastizales de alta montaña y a su frescor acuden saltamontes, marmotas y vacas.

Julio. El calor seca los campos y las últimas charcas sirven de bebederos de emergencia para gangas y de refugio para algunas ranas.

Agosto. Paisajes sin agua, estridencias resecas.

Septiembre. Las primeras tormentas traen las primeras lluvias, las primeras hierbas. Y con ellas llegan los primeros bramidos de la berrea.

Octubre. Hacia el final del mes llegan las grullas, un griterío alegre que busca una orilla encharcada -la ribera de un río, un embalse- para pasar la noche con las patas metidas en el agua.

Noviembre. Si ha llovido bien, las lagunas rebosan de agua y las aves acuáticas, anátidas y fochas, estallan de alegría.

Diciembre. Nieva por segunda vez en el bosque. Primero fueron los copos acumulados en las copas. Después, las sutiles avalanchas de nieve que caen con estrépito y retumban en el suelo.

A todos los vientos

Instalación audiovisual sobre los paisajes sonoros creados por el viento. Palacio de Quintanar, Segovia, de diciembre de 2020 a febrero de 2021.

Cinco escuchas parciales y la suma de todas ellas.

Un recorrido sonoro

El viento hace sonar al silencio. A su paso el paisaje sonoro se transforma.

Los sonidos del bosque: el viento y la madera

El paisaje sonoro del bosque definido por los sonidos de la madera. Una suave brisa mece los troncos, de los que escapan crujidos y gemidos. A la vez, los pájaros carpinteros tamborilean contra los troncos desde las cuatro esquinas del bosque.

Viento mineral: sobre el eco y la forma

Su soplo describe un mundo inerte y mineral, arranca todas las notas de la escala a las diferentes aristas y superficies de la roca. En el paisaje vertical una chova restalla, y su voz rebota un instante después en las paredes de enfrente. Pero si hay un sonido que trace las formas de un lugar, la forma de la roca, es el trueno: estalla una tormenta y cada estampido rueda y rebota por las anfractuosidades del terreno.

Resonancias. El viento encerrado

Un ruido sordo surge de todas partes y de ninguna en particular. Parece emerger del fondo de la tierra. En realidad no es el viento, sino el estremecimiento de los muros de piedra de la torre de la catedral de Segovia, sacudida por el viento. Fuera, lejos, tañen las campanas de la ciudad, arremolinadas como un rebaño en torno a la llamada de la gran campana del reloj, que, como el trueno después del rayo, se estira y reverbera durante un largo tiempo.

A todos los vientos

Todo lo que suena llega a impulsos de las rachas de viento desabrido que corre, sin freno, por la llanura. Desde los cuatro puntos cardinales llegan las voces lejanas de la meseta, como desflecadas, perdidas sus aristas. Anochece y una bandada de grullas se apoya en el vendaval, sobrevuela el escenario y se pierde hacia el horizonte. A su paso, en la estela de silencio, aúlla el lobo alfa y las voces de la manada viajan, moduladas en el viento, hacia los límites de su territorio de caza.

Contra el viento oceánico

El viento, su ausencia, en fin, se hace notar cuando ya no suena, con la atmósfera quieta pero el mundo aún agitado: después de la tempestad, las olas, el mar de fondo, miden, a compás, el paso del tiempo. En una bahía, ni mar ni tierra, solo barro y las voces líquidas de las aves acuáticas destacan en la distancia.

Palacio de Quintanar, Segovia

Más allá del ruido

Ahora que tanta gente está descubriendo que hay vida detrás del tráfico, recuerdo esta instalación sonora en el Conde Duque de Madrid, febrero de 2014. Durante unos minutos, en la penumbra de las bóvedas y dentro de un círculo de altavoces, se escuchaba una secuencia con esas otras voces. En el montaje, el tráfico arrancaba y paraba bajo el mando del pitido de un semáforo, y en las pausas la ciudad respiraba. Entonces, con las calles en su estado natural, es decir, invadidas por los coches, costó bastante grabar al otro lado de la barrera del ruido.

Este texto era el guion de la secuencia sonora:

Más allá del ruido
Una geografía sonora

Hubo un tiempo en el que se decía que debajo de los adoquines estaba la playa.

Madrid vive bajo una dura capa, oculta por el espeso telón del tráfico. Un bramido denso que avanza por oleadas. Pero cuando calla, más allá del ruido, la ciudad respira.

Esto es una geografía sonora, un recorrido por algunos de los paisajes urbanos que suenan detrás del ruido, donde está el silencio. Empieza antes del amanecer, a la luz fría, no del alba, sino de las farolas, cuando el tráfico no es más que un murmullo. En el Prado, tras la verja del Jardín Botánico, se escuchan viejas melodías. Canta un mirlo, que no consigue expandir la serenidad de la noche. Otras voces lo intentan –gorriones, urracas, verdecillos… -, pero los coches se anticipan y el estruendo lo tapa todo.

Un semáforo– nada más que una luz y un sonido- se interpone y frena a la bestia. Y durante unos segundos las llamadas de la ciudad emergen, se hacen un hueco. Desde los subterráneos del Metro, en las aceras, se escuchan las músicas callejeras de todos los estilos, de medio mundo. En vivo o enlatadas; de paso o aferradas a una esquina; fanfarrias solemnes o bandas festivas.

El semáforo parpadea, el zumbido electrónico se entrecorta y la masa de ruido desborda otra vez el dique. Cuando se amansa, en las plazas Madrid es Babel. Y un zoco al aire libre. La música del mundo también está en las guturales voces africanas, en las cantarinas voces asiáticas, en las dulces entonaciones latinas. Hay gritos de asombro y de protesta.

Por la ciudad corre veloz la urgencia. Una ambulancia pasa y deja un rastro de silencio. Y el tráfico, contenido, permite ahora la propagación de otros mensajes: las campanas, los carrillones, las voces, los sonidos del trabajo. Las calles adoquinadas y los muros de piedra del viejo Madrid devuelven los ecos y las reverberaciones; éstas, a su vez, rellenan el espacio, lo definen, lo dibujan y nos lo cuentan.

Por encima, sobre los tejados, tan arriba que hasta el tráfico se calla, los vencejos trazan la línea del cielo con su vuelo rasante. A lo lejos, las cumbres del Guadarrama.

Y abajo, el Retiro, o cualquiera de los grandes parques. Caminamos bajo los tilos, bajo los arces y los castaños de Indias. Los pájaros carpinteros delimitan con sus tamborileos las esquinas de estos bosques ordenados; desde las copas zurean las torcaces; de las marañas del suelo escapan los cantos enmarañados de ruiseñores, zarceros, currucas y demás pájaros de las espesuras.

En Madrid, bajo los adoquines no está la playa. Pero aquí, entre los árboles, más allá del ruido, la ciudad es un bosque.

Madrid, febrero de 2014