Frecuencia, amplitud, tesitura, duración, estructura armónica, velocidad, timbre, tempo, modulación de frecuencia, intervalos y envolvente, todo está ahí, en el sonograma y la forma de onda. Pero ni analizándolas todas juntas esas magnitudes añaden nada a la sensación de escuchar el canto nocturno de estos pájaros en el campo. Además, ninguna de ellas, salvo el tiempo, interviene en la que es su auténtica huella sonora: el uso de las pausas, que intercala entre dos frases y a través de las que, por un instante, el ave deja que suene la noche. Esas pausas son la medida de la maestría de los ruiseñores para la puesta en escena.