Por las copas de los pinos

Primeros balbuceos de la primavera en los pinares de la sierra de Guadarrama.

Casi al final del invierno, en los pinares de montaña. En el aire limpio de una mañana fría y despejada.

Por la atmósfera quieta, sobre las copas de los pinos, corren voces rítmicas. Un carbonero garrapinos canta a compás. Detrás, sólo el silencio de la primera hora.

Abajo, entre la vegetación de una vaguada, rompe el canto explosivo de un chochín: siete gramos de pájaro que generan un torrente de voz.

Poco a poco el paisaje se anima con otras llamadas que empiezan a deambular por el bosque. Pasan unos herrerillos capuchinos, con sus voces entrelazadas; vaguada abajo tabletean los primeros picos picapinos del año.

El graznido arrastrado de un arrendajo rasga por un momento la atmósfera sonora. Pero pronto vuelve la armonía al pinar. Sigue el ritmo, regresa el garrapinos. Y aparece la melodía: canta un mirlo.

Publicado el sábado, 7 de marzo, en el audioblog El sonido de la naturaleza.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/03/07/por-las-copas-de-los-pinos.html

Los sonidos de una nevada

Nada más silencioso que un copo de nieve. Pero muchos de ellos juntos forman LOS SONIDOS DE UNA NEVADA. Grabado en los bosques de Valsaín, Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

«En los árboles altos hay cúpulas efímeras que caen al suelo sonando casi a nada». Pedro Fernández Cocero, ‘El tríptico de La Granja’.

Nada más silencioso que un copo de nieve. Aparentemente.

Pero una nevada está formada por la caída de muchos copos. Y la suma de tantos murmullos da lugar a un estruendo. Más aún si intervienen el viento y los ríos.

Nieva en los pinares de la sierra de Guadarrama, en el valle de Valsaín. Primero con una pacífica intensidad. Pero cuando el viento sopla y hace estremecerse a los troncos, por el bosque corre un estruendo que imita a un temporal en el mar.

En las cumbres de la sierra, a 1.900 metros de altitud, la ventisca arrecia y arranca del hielo agarrado a las acículas un siseo afilado.

Días después, tras la tempestad llega la calma. Y la actividad vuelve al bosque. Unos ladridos broncos se arrastran por la nieve; no los vemos, pero los corzos, desesperados, buscan comida. Lejos graznan los cuervos. Y bandos de arrendajos deambulan valle abajo.

A poco que la atmosfera temple, en los pinares de la sierra vuelve a nevar; pero esta vez lo hace sólo bajo las copas. Unas veces las masas de nieve acumulada caen, pulverizadas, emitiendo sutiles siseos; otras, se desploman con estrépito y todo el suelo del bosque resuena como un gigantesco tambor.

Al mismo tiempo, también bajo las copas, invisibles, revuelan los bandos de pájaros forestales: carboneros, garrapinos, herrerillos comunes y capuchinos, mitos, trepadores azules… Unas veces envueltos en sutiles siseos, otras reclamando en grupo, con estrépito.

En el bosque, tras la nevada, reinan a la vez el buen y el mal tiempo.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza el 14 de febrero de 2015, en plena ola de frío.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/02/14/los-sonidos-de-una-nevada.html

El tiempo de las cigüeñas

 

Los tiempos cambian, el clima cambia, el calendario natural está alterado y ya nadie dice aquello de “por San Blas la cigüeña verás”. Parece que muchas de estas aves no se van, o no se van muy lejos, y en algunos campanarios su silueta aparece recortada incluso desde los últimos días de diciembre.

Pero es por estas fechas, en torno a San Blas, cuando las cigüeñas, viajeras o invernantes, andan atareadas con el celo. En las techumbres de las iglesias, en torres y arboledas, las vemos ocupadas en restaurar los nidos, reestableciendo vínculos. En pleno invierno, aguantando estoicamente lo peor de la mala estación, comienza el tiempo de las cigüeñas.

El Espinar es una localidad en la rampa segoviana, la cara norte, de la sierra de Guadarrama. Una zona ganadera, de pastizales y charcas. Un campo idóneo para las cigüeñas que comen por los prados pero que prefieren la vecindad para construir los nidos. En las techumbres de la iglesia, pero también por todo el pueblo, las parejas se cuentan por decenas. Y ahora que empieza el celo, entre chubasco y nevada, cientos de aves aplauden, tabletean sobre los nidos.

El crotoreo, que así se llama la ceremonia de saludo con el pico, los cuellos doblados y la cabeza forzada hacia atrás, pretende afianzar los vínculos de una relación que dura de por vida. El pico, grande y hueco, como de madera, es una caja de resonancia que amplifica la señal. Y a ratos, una algarabía, como una ovación, corre por los tejados.

Publicado el 31 de enero de 2015 en el audioblog El sonido de la naturaleza, en elmundo.es

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/01/31/el-tiempo-de-las-ciguenas.html

La rana y la tormenta

Historias mínimas del otoño. Otoño 2

Para escuchar, pinchar aquí: http://www.elmundo.es/especiales/2008/05/ciencia/sonido_naturaleza/sonidos_28_09_2013.html

Un pequeño cuento de otoño. En tiempos de grandes cambios en la naturaleza, cuando oleadas de aves migrantes nos sobrevuelan rumbo al sur, cuando por los montes de media España retumban los bramidos de los ciervos en celo, hoy nos fijamos en un episodio modesto: la vitalidad de una rana bajo un aguacero.

Se acerca una tormenta.  La atmósfera está quieta; no se mueve una brizna de aire y en el silencio del campo se palpa la tensión.

Lejos retumba un trueno. Una rana común croa en los restos de lo que fue una gran charca, reducida a un poco de lodo después de un largo y reseco verano.

Un petirrojo reclama desde unos arbustos. Y aunque esta es su llamada habitual, parece que con estos chisporroteos  subraya la tensión del momento.

Con la que se viene encima, nadie quiere destacar demasiado. Escapa un mirlo y su grito agitado se pierde entre la vegetación. Encaramado a unas ramas silba, discreto,  un estornino negro. Algunos grillos de otoño rascan sus alas, aunque las estridencias son apagadas, sin brillo, como si les costara encontrar un sonido afinado.

Desde la distancia, bosque adentro, las cornejas graznan fúnebres presagios. La tormenta ya está aquí, precedida por fuertes ráfagas de viento. Y bajo el aguacero, sólo la rana mantiene su canción, feliz porque al fin ve crecer su charca.

Y así va llegando el otoño.

 

Las 11 de la noche

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Noche de primavera en los jardines de La Granja (Segovia). Borbotea el agua de las fuentes. Silban dos autillos, canta un ruiseñor, ulula un cárabo y ronronea un chotacabras gris. Los murciélagos enanos revuelan sobre la explanada frente al Palacio. Y al final, una lechuza rasga el aire con un grito arrastrado. La campana de la torre del patio de La Herradura da la hora: las 11 de la noche.

Toneladas de nieve

Después de una intensa nevada, la nieve acumulada en las copas de los árboles cae al suelo con estrépito. Desde todas las esquinas, el suelo del bosque retumba como un timbal, sacudido por avalanchas de cientos de kilos de nieve. Como contrapunto, la voz sutil de un tenaz petirrojo.
Junto al muro de los jardines de La Granja, en Segovia.

Los retumbos son tan graves que es preferible conectar la salida de audio del ordenador a unos buenos altavoces o, en su defecto, utilizar auriculares.

La sierra de hielo

Un recorrido visual y sonoro desde una tarde fría pero apacible de invierno hasta el interior de una cueva de hielo.

Las laderas nevadas que aparecen y resuenan en este video son las de Peñalara y el valle del Eresma; la luna sale sobre los pinos de Valsaín; la ventisca sacude los bosques del puerto de Cotos y el hielo tintinea y gotea en los neveros y cavernas de hielo del cuenco de la laguna de Peñalara. Todo esto es el Guadarrama, donde yo vivo.

Contra el sol poniente la ladera nevada recoge los tonos rosados y violáceos del crepúsculo. Sobre una atmósfera tranquila, fría pero estable, cantan las aves en los bosques serranos, tabletean los picapinos contra los troncos. La montaña blanca aprisiona la luz, estira el final de la tarde y retrasa la entrada de la noche. Con la oscuridad, contra un cielo gélido, de cristal, la luna llena emerge entre las copas de los pinos; a su luz ululan cárabos y búhos chicos, graznan las garzas y croan los primeros anfibios. Unas nubes velan la luna y anticipan el estallido de la tormenta.

A la mañana siguiente los bosques amanecen cubiertos por una capa espesa de nieve. La fábrica del hielo empieza a funcionar a pleno rendimiento. Un viento racheado sacude las copas y los cristales de nieve tintinean sobre las charcas heladas. El frío atenaza el agua pero no frena su viaje valle abajo. De los chupones y carámbanos escurren gotas que alimentan los torrentes. Torrentes que excavan galerías de hielo azul, cavernas en las que resuena el goteo de un agua que es casi hielo.

Este montaje ha sido concebido  para resonar bajo tierra, en la cámara oscura y fría del Pozo de la Nieve, del siglo XVIII, auténtica fábrica en la que la nieve almacenada se convertía en hielo. El pozo de mampostería ha sido restaurado y convertido en centro cultural en la localidad de La Granja, en la cara norte del Guadarrama.