Las 11 de la noche

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Noche de primavera en los jardines de La Granja (Segovia). Borbotea el agua de las fuentes. Silban dos autillos, canta un ruiseñor, ulula un cárabo y ronronea un chotacabras gris. Los murciélagos enanos revuelan sobre la explanada frente al Palacio. Y al final, una lechuza rasga el aire con un grito arrastrado. La campana de la torre del patio de La Herradura da la hora: las 11 de la noche.

Toneladas de nieve

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Después de una intensa nevada, la nieve acumulada en las copas de los árboles cae al suelo con estrépito. Desde todas las esquinas, el suelo del bosque retumba como un timbal, sacudido por avalanchas de cientos de kilos de nieve. Como contrapunto, la voz sutil de un tenaz petirrojo.
Junto al muro de los jardines de La Granja, en Segovia.

Los retumbos son tan graves que es preferible conectar la salida de audio del ordenador a unos buenos altavoces o, en su defecto, utilizar auriculares.

Una codorniz en el centeno

Lo que se esconde en un campo de cereal

Un paseo por el campo para ver animales es casi como un recorrido a ciegas. Con el oído percibimos claramente la presencia de las aves, los anfibios, los insectos. Pero todos ellos, y no digamos los mamíferos, tienen una frustrante resistencia a dejarse ver. Y eso es precisamente lo que sucede en este video: vemos el paisaje y escuchamos a la actividad de la fauna.
Los campos de centeno, los boscajes de la meseta al norte de la sierra de Guadarrama, en Segovia, suenan al caer de una tarde de verano. En el suelo, entre los tallos espigados del cereal, entre las gramíneas, no se ve a nadie. Pero por ahí ajea alguna perdiz, rebullen los grillos, las abejas y los saltamontes. En las copas de encinas y chaparras cantan, invisibles, abubillas, trigueros, pinzones y currucas mirlonas, entre otra gente emplumada. Hacia poniente la luz de la tarde es rojiza, cálida; tanto que las últimas nieves de la montaña de Peñalara están teñidas de rojo y los campos, en contraluz, parecen tintados. Pero si giramos la vista hacia el este los colores del cielo son azulados, fríos; como fría es la luz de la luna que asoma tras las montañas. Pero a medida que se apaga la luz el paisaje sonoro recibe un nuevo impulso. Un cuco señala que es la hora del cambio de guardia, justo cuando los mochuelos y cárabos llaman desde unas laderas cubiertas de monte. Cerca silba un alcaraván. Y la multitud de grillos redobla sus esfuerzos.
Entretanto, ocultas en las hierbas, en las centeneras, tanto a la luz caliente del sol de tarde como bajo el halo de la luna, las codornices anuncian la buena cosecha con su triple nota melódica-¡buen pan hay!, ¡buen pan hay!, parece que dicen- . Aquí y allá, indiferentes al acoso de los cazadores, los insecticidas que exterminan su comida o las máquinas cosechadoras que les siegan su mundo, las codornices silban desde el centeno.

Paúles, llamazares, lavajos y tremedales

Los paisajes del agua. Un diccionario de aguazales

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Foto: un llamazar en Valle de Lago, Somiedo, Asturias

Marjal, lavajo, albufera, nava, paúl, jaraíz, tablazo… Nombres para designar, respectivamente, un terreno anegadizo, una pequeña laguna esteparia artificial, una laguna litoral comunicada con el mar, un terreno llano encharcadizo, una pradera entollada, un estanque y una lámina abierta de agua. Almarjal, cañaveral, carrizal, espadañal, juncal y junquera, o izaga, son los sitios poblados de almarjos, cañas, carrizos, espadañas y juncos, respectivamente, por lo general terrenos bajos y pantanosos en los que prevalece la especie vegetal que les da el nombre. Estos son sólo algunos de los muchos nombres con que se designan en nuestra lengua a las diferentes tipos de zonas húmedas. Simples como somos en lo que se refiere a la observación del campo, acostumbrados a llamar montaña a las elevaciones grandes y lomas a las pequeñas, sorprende semejante capacidad de observación y de calificación. El agua es un elemento fundamental del paisaje, incluso cuando falta. Por eso, no es de extrañar que la lengua castellana cuente con gran número de términos geográficos para describir cualquier tipo de paisaje en el que el agua sea elemento generador.

Un atolladero es el paraje pantanoso y anegadizo que dificulta el tránsito a las caballerías y carruajes. Varios términos describen terrenos mal drenados y encharcados, pero con diferencias de matiz entre ellas. Así, budial es un terreno pantanoso en el que brotan las aguas manantiales, lo que le diferencia de un llamazar o un lodachar, donde el agua puede ser de escorrentía. El tremedal, terreno bajo y pantanoso, cubierto de hierba, debe el nombre a la vibración que se produce al caminar por encima de él, lo que le diferencia de la simple ciénaga.

Según el Diccionario de Voces Españolas Geográficas, publicado por la Real Academia de la Historia en 1.796, ermunia es una «especie de tierra que también se llama armunia, conocida con este nombre en Castilla y Aragón: y es la que, a diferencia de la tierra de barros, requiere lluvias más continuas. Esta calidad dio lugar al refrán: lo que la armunia desea Campos no vea: porque la tierra barrosa de Campos con la abundancia continuada de lluvias da menos.»

Paúl y paular son los lugares en que se detienen y estancan las aguas, quedando como pradeños. Tiene la misma raíz latina que palustre, el genérico para referirse a todo tipo de áreas encharcadas.

Balsa, baña, bañil y lavajo son términos para los depósitos artificiales en que se recogen las aguas para riego y abrevar los ganados. Si el depósito es natural se denomina charca. Y si el agua esta sucia nos encontramos ante un pecinal.

El viaje del agua puede empezar en un sudadero, el terreno cortado por el que transpira el agua en pequeñas cantidades, a modo de sudor. También puede aflorar a la superficie por manantíos, ojos y hervideros, según la turbulencia y la fuerza con que asome. Después corre por la madre, el suelo o lecho por donde fluye el río. Pero si es un cauce artificial, una cacera o acequia, estaremos ante una madriz. Lo que al principio puede ser un simple regajo, o regato, arroyuelo formado por las lluvias, de poca corriente y permanencia, se convertirá en torrente, dejando acumulados en las orillas los materiales arrastrados, o torronteras. La junta de dos corrientes de agua se conoce como ambasmestas, entrambasmestas o, simplemente, mestas. Todos ellos han dado lugar al nombre de numerosas localidades.

Llegado el estiaje, la ribera que corre entre vegas y encajonada entre ribazos, dejará pozancos, pozas aisladas en las orillas que contienen aguas estancadas, y guérfagos, remansos profundos del río, en que hay olas y las aguas hacen remolino.

En definitiva, mil paisajes por los que ir a dar a la mar.

El presente texto es una extracto de mi libro Espacio para imaginar, publicado por la Junta de Castilla y León.

La sierra de hielo

Un recorrido visual y sonoro desde una tarde fría pero apacible de invierno hasta el interior de una cueva de hielo.

Las laderas nevadas que aparecen y resuenan en este video son las de Peñalara y el valle del Eresma; la luna sale sobre los pinos de Valsaín; la ventisca sacude los bosques del puerto de Cotos y el hielo tintinea y gotea en los neveros y cavernas de hielo del cuenco de la laguna de Peñalara. Todo esto es el Guadarrama, donde yo vivo.

Contra el sol poniente la ladera nevada recoge los tonos rosados y violáceos del crepúsculo. Sobre una atmósfera tranquila, fría pero estable, cantan las aves en los bosques serranos, tabletean los picapinos contra los troncos. La montaña blanca aprisiona la luz, estira el final de la tarde y retrasa la entrada de la noche. Con la oscuridad, contra un cielo gélido, de cristal, la luna llena emerge entre las copas de los pinos; a su luz ululan cárabos y búhos chicos, graznan las garzas y croan los primeros anfibios. Unas nubes velan la luna y anticipan el estallido de la tormenta.

A la mañana siguiente los bosques amanecen cubiertos por una capa espesa de nieve. La fábrica del hielo empieza a funcionar a pleno rendimiento. Un viento racheado sacude las copas y los cristales de nieve tintinean sobre las charcas heladas. El frío atenaza el agua pero no frena su viaje valle abajo. De los chupones y carámbanos escurren gotas que alimentan los torrentes. Torrentes que excavan galerías de hielo azul, cavernas en las que resuena el goteo de un agua que es casi hielo.

Este montaje ha sido concebido  para resonar bajo tierra, en la cámara oscura y fría del Pozo de la Nieve, del siglo XVIII, auténtica fábrica en la que la nieve almacenada se convertía en hielo. El pozo de mampostería ha sido restaurado y convertido en centro cultural en la localidad de La Granja, en la cara norte del Guadarrama. 

El aullido del lobo

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El lobo líder convoca a la manada en plena noche, en libertad, en la meseta castellana, y a su aullido responden una loba y los cachorros ya crecidos. Encadena con grabaciones de una manada controlada, más cercana: gruñidos, amenazas, chasquidos de dientes, peleas, aullidos de los cachorros y más aullidos de toda la manada, que reafirma así sus vínculos sociales. Acaba con el mismo lobo salvaje, en la misma noche de invierno en la meseta.

El agua en el jardín andalusí

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Foto: palmeral de Timia, macizo del Air, Níger

Montaje sonoro para la exposición EL AGUA EN EL JARDÍN ANDALUSÍ, organizada por la Fundación de Cultura Islámica, Rabat 2012

Un recorrido sonoro por los paisajes del agua

Los bosques de la Alhambra, los surtidores, acequias y sumideros del patio de los Arrayanes, los estanques del Generalife, la escalera del agua, los huertos de palmeras de Draa, en Marruecos, los oasis de Timia, en Níger,  y Al Ain, en Abu Dhabi… Estos son los ingredientes sonoros de este recorrido de las aguas por el jardín andalusí.
Amanece en un palmeral. Abajo, a nuestros pies, el agua corre por las acequias y algunas ranas, pocas, croan al frescor de la mañana. Arriba y a lo lejos, desde las copas, silban las oropéndolas y arrullan las tórtolas.
De un espacio abierto a un horizonte cerrado: en el borde de una acequia murmura el agua, cantan los pájaros de las encañizadas y zumban los insectos.
Corriente abajo, el agua sigue encerrada en un caz pero resuena ahora en un patio cerrado y la reverberación dibuja el espacio, las paredes de piedra. Los chillidos de los vencejos pasan por encima, describiendo círculos cerrados, mientras el agua borbotea en un surtidor, se encierra en un sumidero, cae en cascada a una pila o se remansa y dispersa por una alberca.
Atardece y la corriente riega de nuevo las huertas; hace calor, en el aire suenan las chicharras y su sonido, rítmico, se confunde con el sonido, también rítmico, del agua lanzada a presión por los aspersores. La luz va cayendo, sube la humedad y en el horizonte se anuncia una tormenta. Tras el aguacero, a la puesta de sol, el jardín cobra nueva vida: croan las ranas a coro, estridulan los grillos, los búhos silban a intervalos exactos y la voz líquida de los ruiseñores llega desde las cuatro esquinas del jardín.

En la Patagonia

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Península Valdés, 22 a 26 de septiembre de 2012
Acostumbrados a ver los espacios naturales de Europa asediados por carreteras y coches, los bosques quemados, las estepas transformadas, las costas urbanizadas, la Patagonia nos muestra la tierra tal y como debía ser antes. Aquí el mundo es más grande, los animales más abundantes y confiados, el viento más fuerte y las lluvias torrenciales. Sólo el mar, a veces, aparece estos días tranquilo, como un lago. Un lago en el que nadan cientos de ballenas francas australes.
Acá recién comienza la primavera y no es temporada de orcas. Pero hay otras muchas cosas. En Punta Hércules, en la costa oriental hacia mar abierto, hemos podido grabar las peleas de los machos de elefantes marinos. Las disputas empiezan con unas voces rotundas que emergen de las profundidades de sus corpachones de más de mil kilos y terminan casi siempre a golpes y dentelladas. Pero estos animales son tan fofos, puras masas de grasa, que el embate de uno contra otro apenas produce más que un pequeño ruido. Por debajo de ellos, alrededor, huyendo despavoridas ante esas masas descontroladas, los gritos de las crías recién nacidas y de sus madres asustadas.
De una colonia de focas a otra de pingüinos. Se calcula que en Península Valdés nidifican unas cuarenta mil parejas de pingüinos patagónicos, o de Magallanes. Aquí sólo escuchamos los extraños gritos, entre trompeteo y rebuzno, de unos pocos, un grupo que ha excavado sus nidos en un terraplén en la orilla de la Caleta Valdés. El sol dejó de calentar hace rato y hay que ponerse al socaire para evitar el fuerte viento. Llama un ejemplar, responde otro y en la noche austral, bajo la Cruz del Sur, toda la colonia entabla una conversación interminable.
Y mientras el viento del norte rola al sur, aprovechando unas horas de calma, salimos en una lancha de goma –un gomón, en la precisa terminología local-, a navegar por el Golfo Nuevo, frente a Punta Pirámides. La calma es total, las olas no suenan y las respiraciones y chapoteos de decenas de ballenas francas australes desperdigadas por el mar se escuchan con claridad a cientos de metros. Pero las ballenas son curiosas y se acercan a restregarse contra los costados de la lancha; entonces, en la distancia corta las respiraciones son tan profundas que parecen emerger del fondo del mar. Y en el fondo del mar, a unos quince metros bajo la superficie, un hidrófono, un micrófono subacuático, capta a las mismas ballenas cuando lanzan unos gemidos de una profundidad insondable.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza, elmundo.es, el 28 de septiembre de 2012