Primavera, noche de anfibios

Diario sonoro de un encierro. Viernes, 20 de marzo.

En este comienzo de la primavera los anfibios actúan como termómetros sonoros. En la noche tibia, un sapo corredor se anima. Más allá, entre la hierba húmeda, otros le siguen. Y desde una charca a lo lejos, en el fondo del bosque, emerge la ronca señal que indica que la buena estación ha venido para quedarse.

Noche de búhos

Diarios sonoro de un encierro. Miércoles, 18 de marzo.

Noche de búhos. El resumen de la actividad registrada la pasada noche con un equipo automático de grabación. Dos cárabos dialogan en la distancia y entre ambos un corzo escapa con sus ladridos broncos. Se acerca el alba en las profundidades de los bosques de Valsaín.

Pequeñas avalanchas en el bosque

Diario sonoro de un encierro. Martes, 17 de marzo.
Vuelve el invierno por unas horas. Toda la noche ha estado nevando pero las aves forestales, que ya estaban lanzadas, no dejan de cantar y el aire tibio hace que la nieve acumulada en las copas caiga con estrépito en pequeñas avalanchas.

Al amanecer en la Pinochera

Diario sonoro de un encierro. Domingo, 15 de marzo.
De siete a ocho de la mañana, un equipo automático ha grabado la hora del amanecer en este pinar joven del bosque de Valsaín. Petirrojos, pinzones vulgares, un chochín, alguna corneja y un arrendajo han despertado este domingo, 15 de marzo.

La tristeza en la mirada de un perro de caza

PERROS DE REHALA

Pocas veces el punto de partida para estas narraciones sonoras es una imagen. En general la fotografía y el texto acompañan al montaje. Pero en esta ocasión todo parte de la expresión triste y a la vez furiosa de los perros de la fotografía. Pertenecen a una de las rehalas que participaron en una montería en Sierra Morena  el pasado domingo, día 7, para poner punto final por esa zona a la temporada de caza. Son podencos; pasan la mayor parte de sus vidas encerrados en cercados, en grandes jaulones en los que las peleas a dentelladas son comunes. Las calvas y cicatrices de sus caras denotan la violencia en que transcurre su perra existencia.  Cuando salgan de la jaula en que están encerrados batirán con furia el monte, levantando y persiguiendo a sus presas, jabalíes y ciervos, que huirán despavoridas ante ellos.

Y sin embargo, en la expresión de cada uno de estos desgraciados quedan todavía restos de ese fondo noble, la mirada franca y profunda de cualquier perro. No se puede uno acercar al mundo de la caza con sentimentalismos. Pero es difícil no sentir pena por el cruel destino que ha marcado la existencia de estos animales.

Unos minutos después de tomada la foto comienza la montería. Decenas de rifles apostados en armadas, líneas de tiro que no dejan ángulos muertos por donde escapar; ciervos y jabalíes espantados, en busca de escapatorias que no existen; voces, silbidos, ladridos, un tiroteo intenso… todo ello amplificado y repetido por el eco del valle. La montería es una operación diseñada para abatir el mayor número de animales con el menor esfuerzo posible; nada que ver con las largas caminatas de la caza al rececho, persiguiendo una presa huidiza. Aquí los animales salvajes parten claramente con la condición de víctimas.  Durante las dos o tres horas que dura la operación, el ruido y la tensión profanan el paisaje sonoro. Viene después el acarreo de los animales abatidos, el reparto de trofeos y la mancha de sangre. Y el silencio que vuelve para arropar los últimos momentos de los animales que han quedado malheridos.

De la caza se ha dicho ya todo, a favor y en contra. Pero de la jornada del otro día yo me quedo con la profunda tristeza de estos perros furiosos, sedientos, en la que aún arde un rescoldo de nobleza.

Sierra Morena, 7 de febrero de 2010.

Se habla últimamente de la declaración de las rehalas como Bien de Interés Cultural, en Extremadura y Andalucía.  Por eso he decidido recuperar este viejo texto que,  junto a un montaje  con los sonidos grabados desde dentro, en una montería, fue publicado en el audioblog El sonido de la Naturaleza, en elmundo.es.

Garajonay. Marzo, el bosque de los mirlos.

No hay un espacio natural con una acústica parecida a la de las laurisilvas de Garajonay. Estos bosques brumosos, de atmósfera quieta, bajo porte y un alto grado de humedad, parecen diseñados para conseguir las mejores condiciones de propagación sonora. La variedad de especies de aves no es muy alta, algo común a todo el archipiélago canario. Pero lo que la naturaleza no pone en variedad, el bosque lo añade en matices. La laurisilva es el mundo de los mirlos. Y aquí, activos a todas horas, y todos los meses del año, parece que cantan mejor que en ningún otro sitio.

Hay otras voces más ásperas. Volando por encima del dosel arbóreo graznan los cuervos. Y posadas en las copas, arrullan las palomas de la laurisilva, la rabiche y la turqué. Voces modestas, roncas, casi inaudibles, con sabor a madera, pero que delatan la presencia de dos de los más valiosos endemismos animales de las Canarias.

Poco a poco empieza a oscurecer y los sonidos del día desaparecen con el avance de la noche. Desde el agua de un pilón, a lo lejos, un grupo de ranitas meridionales empieza a croar. En ese momento oímos unos chillidos agudos y unas notas lúgubres, lejanas: empieza la jornada para una familia de búhos chicos.

Y cuando cierra la noche, en un claro abierto en la arboleda, se aproxima una becada. Viene volando alta, muy rápida. Emite primero un breve ronroneo, seguido de un silbido metálico, muy agudo. Y, al fin, callan los mirlos.