Nieblas en Cazorla

Otoño en la sierra de Cazorla. Las nieblas no dejan ver el paisaje. Afortunadamente, tenemos el oído.

Hay días en los que no hay mucho que mirar desde un mirador, como este del Poyo de la Mesa, en la sierra de Cazorla. Las nieblas no dejan ver el paisaje. Los jirones se retuercen desde el fondo de las vaguadas, se enganchan en las crestas de roca. El paisaje desaparece, se esfuma.

El otoño, por otra parte, está siendo extraordinariamente cálido y los animales, las aves sobre todo, siguen muy activos. Pero se encuentran muy lejos, al otro lado del valle, y ni siquiera con prismáticos podemos verlos.

Afortunadamente tenemos el oído.

Esto es lo que sabemos que pasa, a lo lejos y entre las brumas. Unas cornejas graznan, se desafían por las copas de los pinos. A la vez, por entre los troncos grita un pico picapinos, con una nota aguda, casi metálica, que contrasta con el tableteo largo en la madera. También por ahí revuelan y silban varios trepadores azules.

Tras varias semanas de temperaturas anormalmente altas el ritmo de la naturaleza está alterado. Hay brotes en las ramas de los árboles, los anfibios y reptiles siguen despiertos, las aves cantan, a veces con el mismo empeño que ponen en la primavera, cuando se trata de delimitar territorios de cría. En Cazorla los zorzales charlos y los mirlos reviven con sus voces.

La pared de caliza del Poyo de la Mesa incorpora el eco -o al menos la reverberación- al paisaje sonoro. Un cuervo sobrevuela y su voz se estira al rebotar  contra la roca. Pero el cuervo no está solo. Posados en algunas repisas, en un mundo vertical, canta un colirrojo tizón, silba un roquero solitario.

En los pinares de Cazorla el día sigue velado por la niebla, pero la música continúa.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza el 7 de diciembre de 2014

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2014/12/06/nieblas-en-cazorla.html

Grullas en Gallocanta

El viento brama. Pero más gritan las grullas.


Alrededores de la laguna de Gallocanta, donde a principios de febrero, en plena ola de frío siberiano, las grullas ya muestran los primeros síntomas de sus ansias migratorias.

La laguna de Gallocanta, en la raya entre Zaragoza y Teruel, es el principal punto de encuentro para decenas de miles de grullas invernantes, antes de  emprender viaje hacia el norte. Es también el punto de reunión para todos los vientos desatados. El pasado jueves, 5 de febrero, en plena ola de frío siberiano, en Gallocanta el viento se entabló desde el norte y  barrió con furia la altiplanicie. La nieve acumulada días atrás era ventisqueada y en ocasiones parecía que volvía a caer, esta vez bajo un sol helado.

Fue el día más frío del invierno en uno de los lugares más fríos de toda España. Hasta las grullas, aves que disfrutan con el mal tiempo, parecían molestas, ateridas, sacudidas por la violencia de las ráfagas. Encogidas la mayor parte del tiempo, al pairo con el pico hacia el viento, se convertían en formas despeluchadas, tambaleantes, cuando recibían el aire a contrapluma.

Pero aún en momentos así el calendario se impone y en el comportamiento de las grullas aparecían indicios de cambio. En unas semanas volarán hacia el norte de Europa, a sus territorios de cría. En esta época las aves empiezan a manifestar una cierta inquietud, una especie de síndrome premigratorio a base de desafíos, gritos, malos modos, algunas tarascadas, una cierta sobreactuación, incluso para aves tan exhibicionistas. Y, con bastante frecuencia, saltos como cometas en el aire y rudimentos de las danzas nupciales que ejecutarán, con más sentido, cuando lleguen a sus áreas de cría después de cruzar toda Europa.

A la caída de la tarde, con el sol ya tendido y las laderas en sombra, miles de aves llegaron en oleadas. Entre gritos y trompetazos unas arrastraron a las otras y se dirigieron hacia el lugar más frío, a las orillas despejadas y congeladas de la laguna, para pasar allí la noche.

Las grullas, que como todas las aves migrantes viajan al sur para huir del frío, parecían aquí contentas de volar hacia el invierno.

Grabado el 5 de febrero y publicado dos días más tarde en el audioblog El sonido de la naturaleza:

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/02/07/grullas-en-gallocanta.html

El tiempo de las cigüeñas

 

Los tiempos cambian, el clima cambia, el calendario natural está alterado y ya nadie dice aquello de “por San Blas la cigüeña verás”. Parece que muchas de estas aves no se van, o no se van muy lejos, y en algunos campanarios su silueta aparece recortada incluso desde los últimos días de diciembre.

Pero es por estas fechas, en torno a San Blas, cuando las cigüeñas, viajeras o invernantes, andan atareadas con el celo. En las techumbres de las iglesias, en torres y arboledas, las vemos ocupadas en restaurar los nidos, reestableciendo vínculos. En pleno invierno, aguantando estoicamente lo peor de la mala estación, comienza el tiempo de las cigüeñas.

El Espinar es una localidad en la rampa segoviana, la cara norte, de la sierra de Guadarrama. Una zona ganadera, de pastizales y charcas. Un campo idóneo para las cigüeñas que comen por los prados pero que prefieren la vecindad para construir los nidos. En las techumbres de la iglesia, pero también por todo el pueblo, las parejas se cuentan por decenas. Y ahora que empieza el celo, entre chubasco y nevada, cientos de aves aplauden, tabletean sobre los nidos.

El crotoreo, que así se llama la ceremonia de saludo con el pico, los cuellos doblados y la cabeza forzada hacia atrás, pretende afianzar los vínculos de una relación que dura de por vida. El pico, grande y hueco, como de madera, es una caja de resonancia que amplifica la señal. Y a ratos, una algarabía, como una ovación, corre por los tejados.

Publicado el 31 de enero de 2015 en el audioblog El sonido de la naturaleza, en elmundo.es

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/01/31/el-tiempo-de-las-ciguenas.html

Por las rutas de la trashumancia

Foto: Antonio Heredia, El Mundo.

Foto: Antonio Heredia, El Mundo.

El pastor sigue al rebaño. Desde la noche de los tiempos. Perseguir manadas de ungulados silvestres nos hizo ganaderos. Pero aquellas migraciones estacionales, de norte a sur, en otoño y primavera, hicieron también a este agreste país.

Poco a poco los ungulados silvestres fueron desplazados y el tintineo de esquilas y cencerros resonó por los campos. Los rebaños extensivos de ovejas, cabras, vacas y caballos suplantaron a los uros, bisontes, ciervos, corzos y cabras silvestres en el trabajo de segar, desbrozar los montes y crear así nuevos paisajes vegetales. Y trashumando por las mismas rutas durante siglos, a fuerza de diente y abonado, formaron el mejor pasto del mundo, resistente a la sequía y al pisoteo.

Las ocho grandes cañadas reales por las que transitan los rebaños, más todo el entramado de cordeles y veredas, forman una red de praderas lineales, de unas decenas de metros de ancho y cientos de kilómetros de longitud. Lo que es bueno para el ganado lo es también para la vida silvestre. Cada pocos kilómetros una charca, un pilón, para solaz de los anfibios; cada jornada de marcha un plantel de árboles, un sestil donde pasar las horas más calurosas del día. Por los márgenes dan su sombra inacabables bosques de galería, se estiran miles de kilómetros de setos y cercas. La diversidad de flora y fauna  de la península ibérica no se puede explicar sin estas vías verdes, rutas de paso para todo lo que se mueve.

Y detrás de los rebaños, las manadas de lobos, salteadores sedentarios unos,  merodeadores en busca de fortuna otros, por los caminos de la trashumancia.

Cuando hace ya más de veinte años Jesús Garzón empezó a acarrear hatos de ovejas merinas, estaba activando uno de los mejores proyectos de conservación de la naturaleza que se ha emprendido en España.  Garzón es un nombre al que quienes defienden la naturaleza le deben mucho más de lo que cabe en estas líneas. Después de recorrer a pie los montes de todo el país, después de luchar por el lobo y frenar la destrucción de las sierras de Monfragüe, Jesús Garzón identificó el problema principal y a ello se dedicó. Literalmente, se echó al monte. En este mundo tan transformado, el medio natural no se concibe sin lo rural. Desde esta perspectiva, miles de ovejas bien apretadas cruzando las calles de Madrid forman algo más que una imagen pintoresca. Son todo un grito de protesta, un balido por la vuelta de las condiciones que moldearon y repoblaron esta tierra.

Publicado en el diario El Mundo, suplemento EM2, el sábado 29 de noviembre de 2014

Ecos, paisajes sonoros de la evolución humana

 

Hay áreas en nuestro cerebro en las que imágenes y sonidos se entrecruzan y mezclan, se hacen inseparables. En ellas las imágenes evocan sonidos y los sonidos imágenes. Son, precisamente, las que más se han desarrollado a lo largo de nuestra evolución.

Manuel Martín-Loeches

El eco es un fenómeno acústico que percibimos cuando aquello que lo produjo ya es pasado. Aunque sólo sea por un segundo, lo que escuchamos es el reflejo, el recuerdo, de una acción anterior.

Ecos es el nombre de una instalación sobre los paisajes sonoros por los que ha transcurrido la historia de la evolución humana.  Un viaje al pasado por medio del oído. En la penumbra de una sala las atmósferas sonoras nos rodean.

El oyente, a ciegas, asiste a un resumen del largo viaje que empezó hace millones de años en la profundidad de las selvas. No es una película, aunque la sesión transcurre en una sala a oscuras y la narración comparte muchos de los principios del montaje cinematográfico. No es una pieza musical, aunque el sonido juega con movimientos, cambios de ritmo y velocidad.

El recorrido empieza en un ambiente selvático, donde las peleas entre homínidos y grandes felinos son constantes; y muy ruidosas. Los pasos de un bípedo, la verdadera huella sonora de todos los humanos que han caminado por el planeta, nos llevan a  la sabana africana, a la convivencia con otros depredadores, a la aparición de las primeras herramientas talladas. Saltamos a los bosques de Eurasia, territorios de ciervos y bisontes; enfrentamos una noche fría con las llamadas a lo lejos de nuestros eternos competidores, lobos y leones. Dentro de una cueva, en torno a una hoguera, nos arremolinamos con un grupo de neandertales: voces incomprensibles, toses por el humo, llantos de niño.

Las notas afinadas de una flauta de hueso, la aparición del arte, armonizan con los silbidos del viento. Comienza el gran frío, y los cazadores cromañones provocan la estampida de una manada de caballos salvajes. Aparecen las primeras armas, ladran los perros, nuestros primeros aliados.

Y con el descubrimiento de la agricultura comienza el Neolítico, la ganadería, la metalurgia. Con la vida sedentaria la narración se acelera hasta la diversificación cultural del presente: una confusión de voces -bosquimanos, himbas, indios amazónicos, japoneses, las llamadas a todo tipo de oraciones…- que concluye con la voz grabada de la cuenta atrás, símbolo de esta era de la tecnología, las telecomunicaciones y la exploración espacial.

Al final, doce minutos después, cuatro millones de años más tarde, y siguiendo a Carl Sagan, junto a las olas del mar nos asomamos a la orilla del océano cósmico.

Ecos, paisajes sonoros de la evolución humana, con guion de Juan Luis Arsuaga y Carlos de Hita, se puede visitar en el Museo de la Evolución Humana de Burgos, hasta el mes de julio de 2015.

Paisajes sonoros de los Parques Nacionales

Las portadas de los 14 discos con los paisajes sonoros de la red de Parques Nacionales. Un largo trabajo que comenzó en 1993 y que continúa ahora, con la grabación durante este año del decimoquinto, el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

Al acabar toda la colección, remasterizada y puesta al día, estará colgada en la página web de los Parques Nacionales.

¡Y a la espera de la declaración del Parque Nacional de El Hierro!Panel PNbaja