{"id":1122,"date":"2018-02-21T22:23:41","date_gmt":"2018-02-21T22:23:41","guid":{"rendered":"https:\/\/carlosdehita.es\/?page_id=1122"},"modified":"2026-01-07T21:29:09","modified_gmt":"2026-01-07T21:29:09","slug":"a-vuelapluma","status":"publish","type":"page","link":"https:\/\/carlosdehita.es\/?page_id=1122","title":{"rendered":"A vuelapluma"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>Textos y rese\u00f1as bibliogr\u00e1ficas<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-large-font-size\"><strong>El bi\u00f3metra biometrizado<\/strong><\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-1 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex\">\n<figure class=\"wp-block-image size-large\"><a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/581949604_10231308328314888_4540198241426908349_n.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"1024\" height=\"683\" data-id=\"1477\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/581949604_10231308328314888_4540198241426908349_n-1024x683.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-1477\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/581949604_10231308328314888_4540198241426908349_n-1024x683.jpg 1024w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/581949604_10231308328314888_4540198241426908349_n-300x200.jpg 300w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/581949604_10231308328314888_4540198241426908349_n-768x512.jpg 768w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/581949604_10231308328314888_4540198241426908349_n-1536x1025.jpg 1536w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/581949604_10231308328314888_4540198241426908349_n-450x300.jpg 450w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/581949604_10231308328314888_4540198241426908349_n.jpg 2048w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><\/figure>\n<\/figure>\n\n\n\n<p><a><\/a>En su libro Biometr\u00eda de un encuentro Carlos Lozano le toma la medida a una selecta muestra de la tribu que dedica su vida a la observaci\u00f3n de las aves. En cualquier rinc\u00f3n del mundo, a cualquier coste econ\u00f3mico o personal.<\/p>\n\n\n\n<p>                  ____________________________________________________<\/p>\n\n\n\n<p>Un buen t\u00edtulo ya es medio libro. Apunta directamente a la idea, a la intenci\u00f3n principal. Aparece en la portada, pero deja al lector ante un libro abierto. \u00abLas viejas sendas\u00bb (The old ways), de Robert Macfarlane, habla de recorridos lentos por los paisajes del pasado; \u00abMi familia y otros animales\u00bb (My family and other animals), de Gerald Durrell, apunta a una relaci\u00f3n divertida entre las dos familias de todo naturalista; \u00abLos trazos de la canci\u00f3n\u00bb (The songlines), de Bruce Chatwin, relaciona el territorio con el sonido y los mitos. M\u00e1s cerca de nosotros, \u00abLos \u00e1rabes del mar\u00bb, de Jordi Esteva, plantea una aparente contradicci\u00f3n, y cuando Antonio Sandoval titula \u00ab\u00bfPara qu\u00e9 sirven las aves?\u00bb -spoiler: para volar, aclara en la introducci\u00f3n-, recibimos una invitaci\u00f3n al vuelo. En otro estilo literario estar\u00eda Javier Cercas y su \u00abAnatom\u00eda de un instante\u00bb, un t\u00edtulo en el que se refleja, como en un espejo, \u00abBiometr\u00eda de un encuentro\u00bb, de Carlos Lozano.<\/p>\n\n\n\n<p>Un t\u00edtulo euf\u00f3nico -vamos, que suena bien-, llamativo y que, de entrada, engancha con un peque\u00f1o acertijo que se resuelve inmediatamente, cuando el subt\u00edtulo aclara que se trata de un \u00abRetrato a vuelapluma de 40 observadores de aves en su ambiente natural\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos los relatos del libro siguen un esquema similar. Los inseparables Carlos Lozano y Sara \u00c1lvarez se citan con alguien y pasan unas jornadas de pajareo, a veces solo un rato, en el lugar elegido por el protagonista del encuentro. Y un d\u00eda de campo puede dar para mucho. Descripciones del paisaje, observaciones m\u00e1s o menos afortunadas, nubosidad variable, historias vitales y an\u00e9cdotas, muchas de ellas en claves tan personales que se le escapan al lector. Y casi siempre una parada a comer, para ponerse las botas por segunda vez -despu\u00e9s de hab\u00e9rselas calzado antes, para pajarear- y entrar en el campo de las confidencias. La sensaci\u00f3n, entonces, es que muchas de estas personas tienen necesidad de hablar, de contar y dar salida a los motivos de su pasi\u00f3n por las aves. Algunas de esas historias personales, que van de lo \u00e9pico a lo dram\u00e1tico, resultan m\u00e1s interesantes que las experiencias natural\u00edsticas. El texto es de una honestidad brutal, Carlos avisa de que todo lo dicho ser\u00e1 utilizado, pero nunca en contra, sino a favor de las relaciones que se tejen en lo que se percibe casi como una hermandad. Describe muy bien a quienes son capaces de transformar la percepci\u00f3n del tiempo y el espacio. Porque hay que tener una agudeza visual muy afilada para convertir el instante en el que un ave posa quieta, antes de desaparecer tras las ramas, en una observaci\u00f3n detallada; tener un sensor de alta velocidad en los ojos para congelar en vuelo los aletazos de un ave lim\u00edcola y diseccionar su esquema de franjas blancas; elegir, sin asomo de duda, un detalle diagn\u00f3stico, como la longitud relativa de la primera r\u00e9mige, para diferenciar un mosquitero ibericus de un collybita; hay que escuchar en el rango de definici\u00f3n ac\u00fastica de los b\u00fahos para identificar, en las tres d\u00e9cimas de segundo que dura un silbido escuchado entre mil, la inflexi\u00f3n inconfundible de la lavandera de Chukotka. Tener una enciclopedia ornitol\u00f3gica en la cabeza para identificar un ave ant\u00e1rtica, un p\u00e1galo polar, por ejemplo, por las costas del Cant\u00e1brico, en un lugar tan alejado de donde se la espera como lo estar\u00eda un leopardo de las nieves al acecho de los bharales que triscaran por los Barrerones de Gredos. Hay que tener, en fin, una concepci\u00f3n distinta del espacio para convertir la inmensidad oce\u00e1nica en un estanque de agua salada por el que transitan, contra viento y marea, cientos, miles de p\u00e1galos de todas las especies, pardelas, alcatraces, charranes, araos, alcas, frailecillos y dem\u00e1s aves que pasan su vida en alta mar, \u00abalejadas de la vista y, pr\u00e1cticamente, del conocimiento del ser humano\u00bb, por versionar a Rachel Carson.<\/p>\n\n\n\n<p>Historias, viajes, relaciones personales, aves migratorias, excursiones de ayer que conectan con las de ahora. Muchos personajes, biometrizados en su momento, aparecen esparcidos como secundarios en otros cap\u00edtulos. Y en el centro de todo, siempre Sara. Habr\u00eda sido buena idea a\u00f1adir al final del libro un \u00edndice onom\u00e1stico para seguir la pista a tanto especimen migratorio. Para trazar un cuadro de l\u00edneas cruzadas que dar\u00eda como resultado una tela de ara\u00f1a, con el autor en el centro afirmando, contra toda evidencia, que tiene dificultad para establecer relaciones personales. De toda esta mara\u00f1a de relaciones sale una conclusi\u00f3n l\u00f3gica, que aclara, adem\u00e1s, el aparente error del t\u00edtulo: la biometr\u00eda principal, en singular, es la suya, la que se deriva de todo lo que se cuenta en las otras cuarenta. En sus conversaciones, en los detalles que retiene, las indiscreciones que se le escapan, medimos la profundidad de la necesidad de Carlos por las aves; la intensidad de su impulso n\u00f3mada -pajarero a escala planetaria, se autodefine-, el amor por sus amigos, sus or\u00edgenes pajareros, las expectativas, las excentricidades que est\u00e1 dispuesto a hacer por observar un ave. Con su aire de perdedor, de quien simplemente pasaba por ah\u00ed, el bi\u00f3metra hace una literatura que va mucho m\u00e1s all\u00e1 de los \u00edndices biom\u00e9tricos que maneja.<\/p>\n\n\n\n<p>El libro se centra, sobre todo, en la pasi\u00f3n por la observaci\u00f3n, no tanto en la utilidad de los datos, las aplicaciones en ciencia o en conservaci\u00f3n de la naturaleza. Todo lo m\u00e1s, de los prism\u00e1ticos pasa a la fotograf\u00eda o a la pintura, la manera en la que tantos y tantas pajareras memorizan sus observaciones. Pero cuando en el relato caben otras cosas, el libro brilla. Y yo, que conozco bien a algunos de los biometrizados, de o\u00eddas a otros y de nada a buena parte, me emociono con algunas historias. Me han interesado, sobre todo, las de los amigos comunes. Saber c\u00f3mo es una jornada multitudinaria en el balc\u00f3n oce\u00e1nico de Estaca de Bares, con Antonio Sandoval, con quien he compartido jornadas m\u00e1s tranquilas; confirmar que Juanjo Ramos mantiene una relaci\u00f3n incierta con la verdad cuando afirma que solo le interesan las aves -\u00a1yo mismo, entre pardelas cenicientas atl\u00e1nticas y bisbitas camineros, le he visto buscar anguilas en los barrancos de Canarias!-; lo meticulosos que son los paseos con Javier G\u00f3mez Aoiz, Yanina Maggioto o Jos\u00e9 Luis Copete. Y lo que m\u00e1s me ha gustado, encontrar a algunas viejas amigas &#8211; Sara D\u00edaz Vi\u00f1uales y Vanessa Palacios, \u00abLa Sara y la Vane\u00bb, pajareando por los Llanos de C\u00e1ceres, y a Carmen Conde con sus burras, sus grullas y su Samuel en El Olivarejo. Pero, personalmente, hay un relato que vuela por encima de los dem\u00e1s. Una historia que incluye a una bandada de ibis eremitas que aletean tras un ultraligero desde Austria hasta C\u00e1diz, el reaprendizaje de una ruta migratoria ya olvidada, muchas descripciones del paisaje y un personaje de una pieza a quien no tengo la suerte de conocer, Chuss Fern\u00e1ndez, que reconoce de una manera descarnada todo lo que le debe a las aves. Este cap\u00edtulo, mezcla de viajes, geograf\u00eda, ciencia aplicada a la conservaci\u00f3n, paisajes naturales y humanidad, es ya el modelo de todo lo que quiero leer a partir de ahora en la literatura de la naturaleza.<\/p>\n\n\n\n<p>                    ________________________________________________________<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-medium-font-size\"><strong>Los \u00e1rabes del mar<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-medium-font-size\"><strong>Jordi Esteva<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Galaxia Gutenberg<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-large\"><a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/592936517_26005974439005446_2047813910217467644_n.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"729\" height=\"1024\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/592936517_26005974439005446_2047813910217467644_n-729x1024.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-1513\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/592936517_26005974439005446_2047813910217467644_n-729x1024.jpg 729w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/592936517_26005974439005446_2047813910217467644_n-213x300.jpg 213w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/592936517_26005974439005446_2047813910217467644_n-768x1079.jpg 768w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/592936517_26005974439005446_2047813910217467644_n.jpg 1080w\" sizes=\"auto, (max-width: 729px) 100vw, 729px\" \/><\/a><\/figure>\n\n\n\n<p>Comenc\u00e9 a leer el libro \u201cLos \u00e1rabes del mar\u201d en el mismo momento en que conoc\u00ed a su autor, <a href=\"https:\/\/www.facebook.com\/jordi.esteva?__cft__[0]=AZbQ9rHuPq0CnkSdWD_7MxVNm7F-qa2W0vVE4bB6NN027_-Ty0DmxFJxH7A4gnQER_o9TXQac5JFwbiGKaKvZNfJtk7CtbckkBtED4Gdf_gMSQvOTQ3DWMpWig7VCvdRBiXJ2xYXT0SHiKQ-DXGN5LZPrGJ4LRHJtYQ8mV5FL_IfENm3dAsJ0Aw1zrjmbB0kXfk&amp;__tn__=-]K-R\">Jordi Esteva<\/a>, mientras hac\u00eda tiempo para asistir a su presentaci\u00f3n en el <a><\/a>Festival Periplo de literatura de viajes. Y mientras de fondo escuchaba una conferencia con traducci\u00f3n simult\u00e1nea del ruso, pude leer la introducci\u00f3n y el primer cap\u00edtulo; lo justo para conocer un poco al autor. Me gust\u00f3 la forma en que, nada m\u00e1s empezar, explica el despertar de su alma viajera al ver las pel\u00edculas de aventuras que unos z\u00edngaros ambulantes proyectaban contra una s\u00e1bana en su pueblo. Igual que el gitano Melqu\u00edades le ense\u00f1\u00f3 un d\u00eda al ni\u00f1o Aureliano Buend\u00eda el hielo y los nuevos inventos, en otra aldea remota de nombre Macondo. A partir de ah\u00ed el libro es un viaje por las antiguas rutas de los monzones, los vientos portantes que con su soplo impulsaban a las naves \u00e1rabes, sus mercanc\u00edas, los marinos y sus relatos. Mezclando magia y realidad, que eso es cuesti\u00f3n de lo que quiera creer cada uno, Jordi recuerda todas las historias que escucha a su paso. Las de la sed de los desiertos, de tr\u00e1ficos inhumanos, de especias, de genios -los djinns de las dunas- y de brujer\u00eda. Historias, estas \u00faltimas, que no te crees hasta que te encuentras con ellas, en vivo, entre sahumerios en la oscuridad de la noche africana.<\/p>\n\n\n\n<p>Y yo, que he viajado mil veces menos que \u00e9l, he reconocido en sus relatos experiencias personales similares; en otros desiertos, en otros pa\u00edses, pero con la misma intensidad. Ciudades destartaladas, zocos abigarrados, caravasares, el calor y la sed, los barcos amarrados y ya sin futuro, alg\u00fan que otro susto, alguna que otra experiencia directa con el mundo de los esp\u00edritus y la brujer\u00eda. Al leer el libro he tenido la sensaci\u00f3n -magia, quiz\u00e1- de que estaba leyendo mis propias experiencias, pero mejor contadas; con m\u00e1s definici\u00f3n, m\u00e1s profundidad que la que conservo de mis propios recuerdos. No s\u00e9 si eso es realismo m\u00e1gico o, m\u00e1s bien, la mano de un buen escritor.<\/p>\n\n\n\n<p>Para m\u00ed, todo su viaje, todo el libro, se resume al final en un momento hipn\u00f3tico: una tropa de elefantes avanzando a paso lento bajo la luz de la luna, hacia las ruinas de la antigua ciudad de Takwa, en la costa de los Zenj.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-cover has-custom-content-position is-position-bottom-left\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"1024\" height=\"683\" class=\"wp-block-cover__image-background wp-image-1514\" alt=\"\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/66-Festival-Periplo-24-10-2025-Alejandro-Amador-1024x683.jpeg\" data-object-fit=\"cover\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/66-Festival-Periplo-24-10-2025-Alejandro-Amador-1024x683.jpeg 1024w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/66-Festival-Periplo-24-10-2025-Alejandro-Amador-300x200.jpeg 300w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/66-Festival-Periplo-24-10-2025-Alejandro-Amador-768x512.jpeg 768w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/66-Festival-Periplo-24-10-2025-Alejandro-Amador-1536x1024.jpeg 1536w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/66-Festival-Periplo-24-10-2025-Alejandro-Amador-2048x1366.jpeg 2048w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2026\/01\/66-Festival-Periplo-24-10-2025-Alejandro-Amador-450x300.jpeg 450w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><span aria-hidden=\"true\" class=\"wp-block-cover__background has-background-dim\"><\/span><div class=\"wp-block-cover__inner-container is-layout-flow wp-block-cover-is-layout-flow\">\n<p>Con Noem\u00ed Sambugal y Jordi Esteva, Festival Periplo 2025<\/p>\n<\/div><\/div>\n\n\n\n<p>                    _______________________________________________________<\/p>\n\n\n<p><strong>Sobre el paisaje sonoro<\/strong><\/p>\n<p>Publicado en el libro colectivo <strong>Naturaldia, 25 temas de rabiosa actualidad.<\/strong><\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><em>Todo sonido percibido a lo lejos produce igual efecto, una vibraci\u00f3n de la lira universal.<\/em><\/p>\n<p><em>Henry David Thoreau, Walden, la vida en los bosques.<\/em><\/p>\n<p><em><a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/Libro-Naturaldia-218x300-e1540151301126.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft  wp-image-1244\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/Libro-Naturaldia-218x300-e1540151301126.jpg\" alt=\"\" width=\"277\" height=\"276\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/Libro-Naturaldia-218x300-e1540151301126.jpg 213w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/Libro-Naturaldia-218x300-e1540151301126-150x150.jpg 150w\" sizes=\"auto, (max-width: 277px) 100vw, 277px\" \/><\/a><\/em>Escribo de noche, frente a un prado rodeado de bosques. De la hierba emerge un tono agudo, pulsante, estridente a ratos. Una melopea que resulta de la suma de las llamadas, el estridular, de cientos de grillos que rascan fren\u00e9ticos sus \u00e9litros para producir as\u00ed una se\u00f1al chirriante. M\u00e1s all\u00e1 se escucha un ronroneo continuo y las voces rotas, a coro, de una charca de anfibios. Por arriba, a pocos metros, unos pulsos agudos, como alfilerazos, dibujan la trayectoria de los murci\u00e9lagos en vuelo de caza; son la parte audible de los ultrasonidos que les permite volar de o\u00eddo y a ciegas. Todos estos sonidos est\u00e1n envueltos por el silencio que llega desde el fondo del bosque, levemente coloreado por un rumor sordo, la suma de vientos y aguas filtrados por la vegetaci\u00f3n y la distancia.<\/p>\n<p>Cientos de estridencias, croares, pulsos y rumores para una sola melod\u00eda. Si hablamos de sonido, y siguiendo a Murray Schafer, uno m\u00e1s uno suma uno. Igual que dos m\u00e1s uno, y tantos factores como queramos a\u00f1adir a la ecuaci\u00f3n: el resultado final ser\u00e1 siempre uno. Dos objetos que se tocan, un pelota contra una pared, suman un sonido, un chasquido seco y estirado. Un badajo y su campana dan un ta\u00f1ido. Del roce entre el viento y la roca escapa un bufido; pero si la roca tiene forma de arista el roce subir\u00e1 de altura, se afinar\u00e1 y se convertir\u00e1 en un silbido. Una multitud de cencerros suena como un reba\u00f1o; junto a las voces del pastor y los ladridos de los perros sugieren una cultura, una forma de vida. Un p\u00e1jaro que canta delimita su territorio. Todos los p\u00e1jaros de un lugar, m\u00e1s el viento, m\u00e1s los crujidos de las ramas y el susurro de millones de hojas componen el concierto de un bosque. Y un trueno que estalla en el cielo y retumba por las laderas rellenando todos los espacios y recovecos, esboza la imagen sonora de un valle.<\/p>\n<p>Y esto es as\u00ed porque, en realidad, nosotros no solo escuchamos un sonido, sino el espacio en el que ese sonido se produce. Con un portazo o\u00edmos la habitaci\u00f3n en la que resuena la puerta. Las ondas ac\u00fasticas rellenan el espacio, como un gas, o como el agua que penetra en los intersticios de la arena de playa. Flota en \u00e9l, se estiran en forma de reverberaci\u00f3n y trazan un dibujo sin l\u00edneas, una geometr\u00eda y hasta una geograf\u00eda. Si a todo esto le a\u00f1adimos el tiempo tenemos el paisaje sonoro.<\/p>\n<p>El sonido, adem\u00e1s, nos permite observar nuestro entorno desde otra perspectiva. Podemos cerrar los ojos y dejar de ver. Pero no podemos cerrar los o\u00eddos y volvernos sordos a los mensajes que emite el paisaje. En cierto modo, la mirada nos coloca como espectadores en el borde del espacio; todo lo que vemos est\u00e1 enfrente y m\u00e1s all\u00e1 de nuestros ojos. El o\u00eddo, en cambio, es inmersivo, siempre nos coloca en el centro del espacio sonoro, envueltos por voces, murmullos, crujidos y silencios. El sonido no respeta los l\u00edmites, ni las cercas ni los muros. Viaja m\u00e1s all\u00e1 y reina en la oscuridad, donde sin su ayuda estar\u00edamos totalmente desvalidos.<\/p>\n<p>Una escucha en plena naturaleza nos permite saber quienes est\u00e1n ah\u00ed, cu\u00e1ntos son y qu\u00e9 est\u00e1n haciendo. El entrelazado de silbidos y trinos de un bosque es la cr\u00f3nica de una enconada pelea por los territorios; todas las aves cantan para marcar sus l\u00edmites, cada una seg\u00fan sus habilidades. Los mirlos silban y componen melod\u00edas; los carboneros y herrerillos practican el ritmo, con sus cantos acompasados. Las alondras rellenan el cielo de parloteos, una proeza atl\u00e9tica que les permite aletear fren\u00e9ticamente y cantar durante minutos sin emitir ni un jadeo. Otros recurren a la percusi\u00f3n. Los p\u00e1jaros carpinteros tamborilean y usan los troncos de los \u00e1rboles como instrumentos; las cig\u00fce\u00f1as, tan contentas, crotoran con el pico, hacen entrechocar las mand\u00edbulas y emiten un sonido de madera. En el suelo los insectos rascan y zumban, y los anfibios croan. Todos dicen lo mismo, el mensaje es universal: \u00a1aqu\u00ed estoy, no te acerques demasiado! Solo nosotros, a quienes en ning\u00fan caso va dirigida la informaci\u00f3n, le damos un car\u00e1cter arm\u00f3nico a lo que, en realidad, es una pelea a gritos.<\/p>\n<p>Semejante diversidad de voces no pas\u00f3 desapercibida a la gente del campo. Estas composiciones han sido la banda sonora de la humanidad a lo largo de toda su historia, desde la noche de los tiempos, y el lenguaje as\u00ed lo reflejaba. Las cosas cuando eran importantes, merecieron ser escuchadas y nombradas con sus propias voces: el cuco, la abubilla, la totov\u00eda, la tribu de los archibebes, la grulla, el ganso y el sis\u00f3n, entre otros muchos, dicen su nombre cada vez que abren el pico; los grillos rechinan nada m\u00e1s nombrarlos; y las chicharras, adem\u00e1s de sugerir su estridencia, nos recuerdan el sentido de la palabra \u201cachicharrase\u201d..<\/p>\n<p>Hubo una tiempo en el que entender los lenguajes de la naturaleza pod\u00eda ser muy importante en la vida cotidiana. La sabidur\u00eda vieja predec\u00eda el tiempo interpretando la altura\u00a0 y el timbre del bufido del viento, que anticipaba la proximidad de un temporal o la llegada de la bonanza por el ominoso silencio del mar o el golpeteo de las olas con mar de fondo. En el cielo, los trompeteos de las primeras grullas en los pasos del Pirineo anunciaban la pronta llegada de los fr\u00edos, con m\u00e1s precisi\u00f3n a\u00fan que los bramidos de los ciervos en berrea desde el fondo de los valles. Cuando las voces solitarias de los p\u00e1jaros \u2013estorninos, carboneros, jilgueros- se sumaban en un griter\u00edo continuo, cuando la suma de muchos solistas compon\u00eda la llamada de un bando, era se\u00f1al de que el invierno ya estaba en puertas, hora de concentrar el tintineo de los reba\u00f1os esparcidos por los bosques y buscar refugio en la atm\u00f3sfera templada del establo. Los paisajes sonoros tambi\u00e9n invernaban.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 queda de todo aquello? Mucho, pero cada vez menos o\u00eddos atentos para entenderlo.<\/p>\n<p>En estos tiempos que corren el paisaje sonoro tiende hacia la uniformizaci\u00f3n. Los bosques est\u00e1n cada vez m\u00e1s lejos y en ellos dominan cada vez m\u00e1s las voces de algunas especies mientras que las de otras enmudecen. En los prados y campos de labor las alondras y dem\u00e1s especies de espacios abiertos dejan de cantar, af\u00f3nicas por el abuso de los pesticidas. Por las l\u00edneas de costa corren ahora cintas de asfalto que emiten un rugido que compite con el bramido del mar. En los a\u00f1os sesenta del pasado siglo se nos avis\u00f3 de que en el horizonte empezaba a crecer la amenaza de una primavera silenciosa, inerte y vac\u00eda del concierto de los p\u00e1jaros. Poco a poco caminamos hacia all\u00e1. Puede que todav\u00eda este lejos, los campos a\u00fan no est\u00e1n mudos, pero lo que s\u00ed es cierto es que el paisaje sonoro es cada vez m\u00e1s monocorde. Se empobrece el concierto natural, pero tambi\u00e9n se uniformiza la envolvente sonora que defin\u00eda la actividad humana, las se\u00f1ales ac\u00fasticas que identificaba a una comunidad. El de las campanas, por ejemplo, es ya un lenguaje ex\u00f3tico; el orgullo del pastor, el timbre del campanilleo de su reba\u00f1o formado por la suma de todos sus cencerros, cada uno con su afinaci\u00f3n, es algo perdido. En la costa, el bramido de las sirenas de bruma de los faros que avisaba de la proximidad de los bajos ha sido sustituido por se\u00f1ales electr\u00f3nicas, eficaces pero\u00a0 totalmente ajenas al esp\u00edritu del mar. Poca gente en la ciudad presta atenci\u00f3n al bruar del viento, que trae noticias de la marea, de la proximidad de una galerna. El horizonte sonoro ha sido ocupado por el rumor sucio del tr\u00e1fico, un tel\u00f3n de fondo gris que todo lo uniformiza. Hoy hay que hacer un esfuerzo para buscar los huecos por los que, m\u00e1s all\u00e1 del ruido, se cuelen las se\u00f1ales ac\u00fasticas de la vida. Pero seamos positivos. Hubo un tiempo en que se cre\u00eda en las utop\u00edas y se hablaba con met\u00e1foras, para decir, por ejemplo, que debajo de los adoquines estaba la playa. Pues bien, debajo del ruido, detr\u00e1s de esa mancha sucia y uniforme, aun se cuelan algunas de esas se\u00f1ales. Quiz\u00e1 ya no tengan la importancia para la comunicaci\u00f3n de la que estaban dotadas en otros tiempos. Pero, en compensaci\u00f3n, han adquirido un nuevo valor, el de recordarnos que hay un mundo que a\u00fan late ah\u00ed atr\u00e1s, a nuestro alcance con tal de que nos paremos a escucharlo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Toponimia de Valsa\u00edn<\/strong><\/p>\n<p><strong>Julio de Toledo J\u00e1udenes,\u00a0<\/strong><strong>Ediciones Farinelli. <\/strong><\/p>\n<p><strong>El mapa de las palabras<\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/IMG_20181001_122920-e1538390282533.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-1226\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/IMG_20181001_122920-e1538390282533.jpg\" alt=\"\" width=\"314\" height=\"417\" \/><\/a> <\/strong><\/p>\n<p>En el relato <strong>Del rigor de la ciencia<\/strong>, Jorge Luis Borges cuenta los esfuerzos de los cart\u00f3grafos de un remoto Imperio para trazar un mapa tan minucioso que acabar\u00eda alcanzando el tama\u00f1o del territorio que pretend\u00edan representar. Un mapa desmesurado, a escala 1:1, con todos los top\u00f3nimos, signos cartogr\u00e1ficos y curvas de nivel superpuestos puntualmente a los originales rese\u00f1ados.<\/p>\n<p>No un mapa, sino su transcripci\u00f3n literal con capas que abarcan el paso de los siglos, ha publicado Julio de Toledo en el monumental diccionario <strong>Toponimia de Valsa\u00edn<\/strong>. Jurista especializado en derecho del suelo, el autor domina, en sentido amplio, los entresijos de su oficio y hace una relaci\u00f3n minuciosa, palmo a palmo, de todos los top\u00f3nimos escritos en la tierra de este profundo valle cubierto de pinares y matas robledales por el que escurre el r\u00edo Eresma, en la cara norte del Guadarrama. El compendio es un ecosistema de palabras en el que no hay risco, ladera, fuente o nava que no est\u00e9 identificado con nombre propio. La recolecci\u00f3n de m\u00e1s de tres mil t\u00e9rminos forma un volumen que, extendidas todas sus p\u00e1ginas, dar\u00eda lugar a una carta geogr\u00e1fica de escala apreciable, si bien no tan desmesurada como la del mapa de aquellos cart\u00f3grafos imperiales.<\/p>\n<p>Todo est\u00e1 en este libro. La orograf\u00eda del valle de Valsa\u00edn, las formas de sus monta\u00f1as y vaguadas, la vegetaci\u00f3n que lo tapiza y las faunas que lo habitan. En los top\u00f3nimos est\u00e1 el recuerdo del paso de los reba\u00f1os trashumantes, los nombres de quienes los guiaban, las huellas de carboneros, le\u00f1adores, gabarreros, naturalistas, excursionistas y de aquellos privilegiados que convirtieron estos pagos en Reales Sitios para su exclusivo y real disfrute.<\/p>\n<p>Guadarrama es una sierra roma, de lomas redondeadas y perfiles sin aristas. No busquemos en el diccionario de Valsa\u00edn agujas, cuchillares o galayos; cuando una monta\u00f1a puntiaguda intenta erguirse contra el cielo tan solo merece el nombre de <strong>Mont\u00f3n de Trigo<\/strong>. Por lo dem\u00e1s todo son lomas \u2013<strong>del \u00c1guila, de Dos Hermanas<\/strong>-, morros \u2013<strong>de Pe\u00f1as Lisas<\/strong>-, hoyos \u2013<strong>Claveles, Morete<\/strong>-, una <strong>Mesa Alta<\/strong> e innumerables Navas, tierras llanas entre monta\u00f1as, como <strong>Navacerrada<\/strong>, <strong>Navahonda<\/strong> o <strong>Navalrinc\u00f3n<\/strong>. <a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_4001.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"wp-image-1229 alignright\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_4001.jpg\" alt=\"\" width=\"290\" height=\"195\" \/><\/a>El mapa tambi\u00e9n se fija en accidentes geo<span style=\"line-height: 1.625;\">gr\u00e1ficos menores, como los bolos gran\u00edticos, gigantescos cantos rodados de nombres tan expresivos como la <\/span><strong style=\"line-height: 1.625;\">Pe\u00f1a del Queso<\/strong><span style=\"line-height: 1.625;\"> o <\/span><strong style=\"line-height: 1.625;\">de la Esfigie<\/strong><span style=\"line-height: 1.625;\"> \u2013\u00a0<\/span><span style=\"line-height: 1.625;\">quiz\u00e1 por deformaci\u00f3n de Esfinge, dado el parecido entre los perfiles de ambas moles-, el <\/span><strong style=\"line-height: 1.625;\">Juego de Bolos, <\/strong><span style=\"line-height: 1.625;\">o el rotundo <\/span><strong style=\"line-height: 1.625;\">Coj\u00f3n de Pacheco<\/strong><span style=\"line-height: 1.625;\">.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_0623-e1538393068271.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-1233\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_0623-e1538393068271.jpg\" alt=\"\" width=\"193\" height=\"393\" \/><\/a>Sobre el sustrato geol\u00f3gico arraiga una espesa cobertura vegetal. Por medio de los fitotop\u00f3nimos sabemos que en el valle hay <strong>Acebedas<\/strong>, <strong>Matas de Robledo<\/strong>, <strong>Cancha de los Alamillos<\/strong>, <strong>El Estepal<\/strong>, un <strong>Arroyo de los Avellanos<\/strong>, un <strong>Pimpollar<\/strong> y una <strong>Pinochera<\/strong>. Y, en enriquecedora contradicci\u00f3n, un <strong>Pinar de la Acebeda<\/strong> y hasta un <strong>Nogal de las Calabazas<\/strong>.<\/p>\n<p>Entre cuestas y quebrada, pinares, pastizales y robledales, escurren las mil aguas de la sierra, las que entrando en el valle por los <strong>Ventisqueros de Pe\u00f1alara<\/strong>, los puertos del <strong>Nevero <\/strong>o<strong> Collado Ventoso<\/strong>, se remansan despu\u00e9s en los <strong>Regajos <\/strong>&#8211;<strong>Fr\u00edos <\/strong>o<strong> Llanos<\/strong>-, y se despe\u00f1an aguas abajo por <strong>Chorros <\/strong>\u2013<strong>Grande<\/strong>,<strong> Chico<\/strong>&#8211; y<strong> Chorrancas<\/strong>. Manantiales o estantes, hay hidrotop\u00f3nimos para todos los gustos: <strong>Aguas Buenas<\/strong>, <strong>R\u00edo Fr\u00edo<\/strong>, <strong>Fuenfr\u00eda<\/strong>, o el que se refiere a las aguas ferruginosas de la <strong>Fuente del Mineral<\/strong>. Y el <strong>Arroyo Seco<\/strong>, con m\u00e1s nombre que caudal.<\/p>\n<p>El n\u00famero siete tiene una desconcertante presencia en la toponimia de Valsa\u00edn. Desconcertante porque nunca acierta. Se cuenten como se cuenten, los <strong>Siete Picos,<\/strong> la cresta dentada como el lomo de un drag\u00f3n que cierra el valle entre los puertos de Navacerrada y la Fuenfr\u00eda, son seis, al menos vistos desde su cara norte. Hay <strong>Siete Revueltas<\/strong> en la carretera que baja por el valle, aunque cualquier conductor contar\u00e1 seis. Los <strong>Siete Arroyos<\/strong> pueden ser siete o setenta, seg\u00fan las lluvias. As\u00ed que los m\u00e1s probable es que los <strong>Siete Aposentos<\/strong>, puestos de caza para disparar contra los lobos, sencillamente, fueran varios. El n\u00famero siete refleja, pues, la idea de abundancia antes que una precisi\u00f3n.<a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_0642-e1538390813491.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-1224\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_0642-e1538390813491.jpg\" alt=\"\" width=\"4237\" height=\"2553\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_0642-e1538390813491.jpg 4237w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_0642-e1538390813491-300x181.jpg 300w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_0642-e1538390813491-768x463.jpg 768w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_0642-e1538390813491-1024x617.jpg 1024w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_0642-e1538390813491-498x300.jpg 498w\" sizes=\"auto, (max-width: 4237px) 100vw, 4237px\" \/><\/a><\/p>\n<p>Hablando de lobos. As\u00ed como en el relato de los cart\u00f3grafos imperiales se recuerda que, entregadas a las inclemencias del sol y los inviernos, las ruinas despedazadas del mapa persisten habitadas por animales, entre las p\u00e1ginas de este mapa escrito tambi\u00e9n rebullen m\u00faltiples presencias. Dejando a los peces remontar las aguas en su <strong>R\u00edo Peces<\/strong>, encontramos comunidades de anfibios y reptiles en los <strong>Charcos de las Ranas<\/strong> y <strong>de la Culebra<\/strong>. En la <strong>Laguna de los P\u00e1jaros<\/strong>, anta\u00f1o conocida como <strong>de los Buitres<\/strong>, acuden a limpiar su castigado plumaje estas aves carro\u00f1eras, las mismas que amanecen cada ma\u00f1ana posadas como g\u00e1rgolas en las <strong>Pe\u00f1as Buitreras<\/strong>. En las altas cumbres, fijando lo inm\u00f3vil con los nombres de lo esquivo, se yerguen las <strong>Pe\u00f1as del \u00c1guila<\/strong>, la <strong>del Cuervo<\/strong>, <strong>las Grajeras<\/strong> y la <strong>de los P\u00e1jaros<\/strong>, estos \u00faltimos sin mayor precisi\u00f3n. Laderas abajo, las rapaces forestales persiguen a sus presas desde las praderas de <strong>Navalazor<\/strong> hasta la <strong>Pe\u00f1a de los Ca\u00f1ameruelos<\/strong>, los pardillos y jilgueros.<\/p>\n<p>Dibujadas con tinta, en el suelo est\u00e1n las pezu\u00f1as de los animales que corren, perseguidores y perseguidos. En el Libro de la Monter\u00eda, el cat\u00e1logo de los montes reservados para uso del rey Alfonso XI, se trata en profundidad de estos pagos. Por las mismas \u201cvocer\u00edas\u201d descritas entonces, que es como se designaba a los recorridos por los que los batidores espantaban a la caza para lanzarla contra los monteros, llevan siglos escapando los animales espantados. Aqu\u00ed y all\u00e1 nos encontramos con los <strong>Saltos del Corzo<\/strong>,<strong> del Venado <\/strong>y<strong> del Jabal\u00ed<\/strong>, est\u00e9 \u00faltimo siempre tan perseguido que no conoce tregua por los <strong>Barrancos del Jabal\u00ed<\/strong>, el <strong>Cerro del Puerco<\/strong> o la <strong>Majada del Cochino<\/strong>. Ya lo dec\u00edan los monteros del rey: \u201c<em>es buen monte de puerco en verano et a las veces ay osso (sic.)<\/em>\u201d.<\/p>\n<p>Hace ya muchos a\u00f1os que de los plant\u00edgrados en Valsa\u00edn s\u00f3lo queda la <strong>Pe\u00f1a del Oso<\/strong>. Pero detr\u00e1s de ciervos, corzos y jabal\u00edes, dej\u00e1ndose a menudo la vida en el <strong>Tiradero de <a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_6227-e1538391084773.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-1230\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_6227-e1538391084773.jpg\" alt=\"\" width=\"254\" height=\"188\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_6227-e1538391084773.jpg 825w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_6227-e1538391084773-768x564.jpg 768w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_6227-e1538391084773-408x300.jpg 408w\" sizes=\"auto, (max-width: 254px) 100vw, 254px\" \/><\/a>Lobos<\/strong>, a\u00fan sobreviven los siempre proscritos, al acecho en la <strong>Cueva de la Loba<\/strong>, al paso furtivo por la <strong>Nava de la Loba<\/strong>, perdi\u00e9ndose tras el <strong>Cerrillo de Cagalobos<\/strong>, qui\u00e9n sabe si en direcci\u00f3n hacia la ominosa <strong>Garganta L\u00f3brega<\/strong>. Otras presas menores corretean por el <strong>Asentadero de Camaliebre<\/strong>, por las frescas orillas del <strong>Arroyo de Valdeconejos<\/strong>; tras ellas van los titulares de <strong>Cabeza Gatos<\/strong> (monteses) y <strong>Matagatos<\/strong> a trav\u00e9s de la <strong>Vereda de la Zorra<\/strong>. Toda una comunidad de zootop\u00f3nimos en la que no faltan la <strong>Majada del Grillo<\/strong>, la <strong>Mata del Avispero<\/strong>, el <strong>Arroyo de las Lombrices<\/strong> o las <strong>Fuentes del Piojo<\/strong> y la <strong>de la Pulga<\/strong>.<\/p>\n<p>Pero a las monta\u00f1as no se sube a bautizar riscos, navas y vaguadas. En estos parajes desde siempre los pastores han perseguido a su ganado, por la <strong>Pradera de Vaquerizas,<\/strong> la <strong>Ca\u00f1ada de las Merinas<\/strong> y la <strong>Pata de la Vaca<\/strong>. El <strong>Descansadero del Puente de las Merinas<\/strong>, la <strong>Fuente de los Pastores<\/strong> o las <strong>Navas del Sestil<\/strong> evocan el tintineo de las esquilas y la pl\u00e1cida digesti\u00f3n diferida de los rumiantes. Entre tanto bucolismo no pod\u00eda faltar el inevitable <strong>Meadero<\/strong>.<\/p>\n<p>Valsa\u00edn es tierra de contradicciones. De <strong>Navalpara\u00edso <\/strong>al <strong>Arroyo de Valdelinfierno<\/strong> s\u00f3lo hay un trecho. De los <strong>Buenos Aires<\/strong> y la <strong>Cuesta Sabrosa<\/strong> al <strong>puerto del<\/strong> <strong>Revent\u00f3n<\/strong> y el <strong>collado de Quebrantaherraduras<\/strong>, una excursi\u00f3n. Pasando por los <strong>Llanos del Accidente<\/strong>, los <strong>Corrales de los Desesperados<\/strong>, los arroyos <strong>del Miedo<\/strong> y del <strong>Alma del Diablo<\/strong>. En un cordal secundario del valle, de perfil frente a la ciudad de Segovia, duerme su sue\u00f1o eterno la <strong>Mujer Muerta<\/strong>.<\/p>\n<p>Con la construcci\u00f3n del palacio y los jardines de <strong>San Ildefonso<\/strong> se extendi\u00f3 por el valle cierto gusto tanto por lo r\u00fastico como por lo mitol\u00f3gico. La moda, tambi\u00e9n entonces, ven\u00eda de Par\u00eds, y si Mar\u00eda Antonieta se hizo construir una r\u00fastica granja en los jardines de Versalles, con molino, charca y patos, aqu\u00ed se llam\u00f3 de <strong>La Granja<\/strong> a los jardines y el Palacio Real adosados a las laderas del valle mandados construir por el primero de los Borbones. Gente desacomplejada, los nuevos mandatarios desterraron de r\u00edos y fuentes a las ninfas tradicionales y las sustituyeron por las diosas ol\u00edmpicas, que vinieron a darse un chapuz\u00f3n en los <strong>Ba\u00f1os de Venus<\/strong> y <strong>de Diana. <\/strong> Al mismo tiempo, en lugar tan pac\u00edfico como las vegas del r\u00edo Eresma se abri\u00f3 el sombr\u00edo <strong>Pozo de las Term\u00f3pilas<\/strong>, hoy d\u00eda tan hundido bajo las aguas de un embalse como lo puedan estar Le\u00f3nidas y sus trescientos espartanos.<a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2012\/12\/el-mar-3.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-325\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2012\/12\/el-mar-3.jpg\" alt=\"\" width=\"2047\" height=\"1015\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2012\/12\/el-mar-3.jpg 2047w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2012\/12\/el-mar-3-300x148.jpg 300w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2012\/12\/el-mar-3-1024x507.jpg 1024w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2012\/12\/el-mar-3-500x247.jpg 500w\" sizes=\"auto, (max-width: 2047px) 100vw, 2047px\" \/><\/a><\/p>\n<p>Mitolog\u00edas aparte, la historia tambi\u00e9n se ha detenido por los bosques y puertos de Valsa\u00edn y ha dejado escrito en el terreno un relato a menudo contradictorio. As\u00ed, la <strong>Fuente de la Reina<\/strong> mana cerca del trazado de la inacabada <strong>Carretera de la Rep\u00fablica<\/strong>, que nunca lleg\u00f3 a Segovia. La <strong>Silla del Rey<\/strong>, mandada tallar en la roca gran\u00edtica por el consorte Francisco de As\u00eds para emular, dicen, a Felipe II en su silla p\u00e9trea sobre El Escorial, se asienta en la cumbre del <strong>Cerro del Mo\u00f1o de la T\u00eda Andrea<\/strong>, de cuyo linaje nada sabemos.<\/p>\n<p>La historia sigue abierta, y el cat\u00e1logo de nombres tambi\u00e9n. Recientemente una vieja senda ha recibido el nombre de <strong>Camino del Batall\u00f3n Alpino<\/strong>, en memoria a los esquiadores republicanos que patrullaron las lomas de la sierra en los inviernos particularmente crudos de la Guerra Civil. Acantonados en las cumbres batidas por todos los vientos, equipados con blancos uniformes del ej\u00e9rcito sovi\u00e9tico, en las unidades del Batall\u00f3n esquiaban deportistas ol\u00edmpicos, monta\u00f1eros y habitantes de los pueblos serranos; lo que unos aportaban en t\u00e9cnicas de esqu\u00ed otros lo complementaban con los conocimientos del terreno. Estos esquiadores segu\u00edan los trazos paralelos de pioneros como Birger S\u00f6rensen, que unas d\u00e9cadas antes ya hab\u00eda abierto ruta por la <strong>Loma del Noruego<\/strong>. El <strong>Camino Schmid, <\/strong>uno de los m\u00e1s transitados, fue trazado por este socio fundador de la Real Sociedad Espa\u00f1ola de Alpinismo Pe\u00f1alara, pionera en recorrer estos lugares con esp\u00edritu ilustrado.<\/p>\n<p>De los m\u00e1s de tres mil top\u00f3nimos del valle, entre tantos nombres largos y reposados, hay uno que los contiene a todos: <strong>Valsa\u00edn<\/strong>. Tras una larga digresi\u00f3n, en la que analiza diferentes or\u00edgenes y variantes, el autor apunta a lo obvio, a que lo m\u00e1s probable es que el t\u00e9rmino Valsa\u00edn derive de algo parecido a <em>Val de Sabin<\/em>, el valle de los pinos. Lo que, no se puede negar, est\u00e1 escrito en la tierra.<a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_7394-e1538390925669.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-1225\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_7394-e1538390925669.jpg\" alt=\"\" width=\"5184\" height=\"2514\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_7394-e1538390925669.jpg 5184w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_7394-e1538390925669-300x145.jpg 300w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_7394-e1538390925669-768x372.jpg 768w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_7394-e1538390925669-1024x497.jpg 1024w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/10\/MG_7394-e1538390925669-500x242.jpg 500w\" sizes=\"auto, (max-width: 5184px) 100vw, 5184px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>A vuelapluma. Escrito con palabras cogidas del aire.<\/strong><\/p>\n<p><strong>Las onomatopeyas en las voces y los nombres de las aves.<\/strong><\/p>\n<div class=\"entry-content\">\n<p><iframe loading=\"lazy\" title=\"A vuelapluma\" width=\"584\" height=\"329\" src=\"https:\/\/www.youtube.com\/embed\/CPnDXUvsLH4?feature=oembed\" frameborder=\"0\" allow=\"accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share\" referrerpolicy=\"strict-origin-when-cross-origin\" allowfullscreen><\/iframe><\/p>\n<p><strong><em>Grajo: palabrota con alas<\/em><\/strong><\/p>\n<p><strong><em>Ram\u00f3n G\u00f3mez de la Serna, Greguer\u00edas<\/em><\/strong><\/p>\n<p>Con toda probabilidad, <em>lakalaka<\/em> es la primera alusi\u00f3n al paisaje sonoro de la historia. El t\u00e9rmino aparece escrito en una tablilla de barro de \u00e9poca sumeria, con cuatro mil a\u00f1os de antig\u00fcedad, y se refiere a un ave grande que habitaba en edificios urbanos. La <em>lakalaka<\/em> es la cig\u00fce\u00f1a y el nombre es una onomatopeya, la transcripci\u00f3n del sonido del crotorar, el casta\u00f1eteo que hacen estas aves con el pico en la ceremonia de salutaci\u00f3n del nido.<\/p>\n<p>Desde entonces el sonido est\u00e1 muy presente en los nombres vern\u00e1culos de las aves. Un texto con la relaci\u00f3n de las especies que cantan, silban y gorjean en un lugar es como un dictado, una transcripci\u00f3n de la componente sonora del paisaje. El concierto natural est\u00e1 escrito en el aire.<\/p>\n<p>Por ejemplo. En casi cualquier arboleda, al amanecer de primavera, los primeros compases suelen venir de la totov\u00eda, un p\u00e1jaro que en las dos \u00faltimas s\u00edlabas lleva escritas las notas finales de su secuencia de canto. Tambi\u00e9n con las primeras luces los cucos pronuncian su nombre desde todas las esquinas del bosque, mientras las palomas zuritas zurean, las t\u00f3rtolas emiten su arrullo <em>-tur tur-<\/em> y los zorzales charlos dejan o\u00edr su reclamo, un chirrido l\u00edquido. Los pinzones lanzan sus silbidos \u2013<em>pin pin- <\/em>fuertes y agudos. Y una multitud de p\u00e1ridos ocupa con sus voces el fondo sonoro del bosque: los t\u00e9rminos chichip\u00e1n, chap\u00edn, machach\u00edn, cuchinch\u00edn y pichich\u00ed, entre otros muchos vern\u00e1culos diseminados por toda Espa\u00f1a, pronunciados con el ritmo y la entonaci\u00f3n adecuadas, son transcripci\u00f3n casi perfecta del canto de los carboneros comunes. Al tiempo, la llamada bi y trisil\u00e1bica de las abubillas \u2013<em>bu bu bu-<\/em>, en frases r\u00e1pidas y repetidas hasta el aburrimiento, colorean el m\u00e1s literario de los paisajes.<\/p>\n<p>Bisbisean los bisbitas, ganguean las gangas. Las bandadas de sisones vuelan envueltas en el siseo agudo que emiten las puntas de las alas al batir. El cr\u00edalo, pariente cercano del cuco, grita y parece mandar un recado -\u201c<em>cr\u00edalo, cr\u00edalo<\/em>\u201d- a las aves parasitadas encargadas de sacar adelante a sus pollos.<\/p>\n<p>Pero si hay un grupo que lleve la voz escrita en el nombre es el de los c\u00f3rvidos. Pron\u00fanciense las palabras cuervo, graja, corneja, arrendajo, urraca y chova haciendo rodar las erres, arrastrando las jotas desde lo m\u00e1s alto del paladar, y se tendr\u00e1 un desgarrado cat\u00e1logo de los graznidos, quejidos, crujidos y crocitares de estas aves.<\/p>\n<p>Al caer la tarde se produce el cambio de guardia, y el concierto cambia tambi\u00e9n de tonalidad. Grillan los grillos y de las espesuras salen unos silbidos agudos encadenados con un breve ronquido: reclama la silbarronca, el otro nombre del ruise\u00f1or. La paga\u00f1era, que es como tambi\u00e9n se conoce al chotacabras pardo, deja o\u00edr su matraqueo repetitivo \u2013<em>pag\u00e1, pag\u00e1<\/em>\u2013 mientras vuela en c\u00edrculos sobre los claros del bosque. Silban los gatillos de monte, los autillos \u2013<em>aut aut<\/em>\u2013 y ma\u00fallan los bien llamados gatomochuelos.<\/p>\n<p>Pasar\u00e1 el verano y llegar\u00e1n los fr\u00edos del oto\u00f1o. Y con ellos las grullas gruir\u00e1n, ganguear\u00e1n los gansos y silbar\u00e1n los \u00e1nades silbones. Reir\u00e1n las gaviotas reidoras, mugir\u00e1n los avetoros, trinar\u00e1n los zarapitos trinadores y los archibebes \u2013<em>ch\u00ed vi v\u00ed<\/em>, o <em>tiu bo b\u00f3<\/em>, seg\u00fan se oiga-. Hasta que cualquier noche, all\u00e1 por diciembre, en lo m\u00e1s oscuro del a\u00f1o, una nota larga y profunda se escuche, como suspendida entre dos paredones rocoso: los b\u00fahos reales lanzan la primera s\u00edlaba de su nombre.<\/p>\n<p><em>Publicado en el n\u00famero de la revista Leer de febrero de 2017, dedicado a la literatura de la naturaleza.<\/em><\/p>\n<\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>En el reino del hielo.<\/strong><\/p>\n<p><strong>El terrible viaje polar del USS Jeannette.<\/strong><\/p>\n<p><strong>Hampton Sides, Capitan Swing.<\/strong><\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/03\/HamptonSides_EnElReinoDelHielo-450x702.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-1147 \" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/03\/HamptonSides_EnElReinoDelHielo-450x702.jpg\" alt=\"\" width=\"232\" height=\"359\" \/><\/a><\/p>\n<p>La historia, seguro, os suena a muchos. Una expedici\u00f3n polar, un barco de madera atrapado en la banquisa de hielo, noche eterna, fr\u00edo amargo, grandes chasquidos y estremecedoras fuerzas de compresi\u00f3n, la nave hecha astillas y una tripulaci\u00f3n abandonada a su suerte, a cientos de kil\u00f3metros de tierra firme; una carrera contra reloj para superar el hielo antes de la fusi\u00f3n con la llegada del verano. Pero no, no es lo que est\u00e1is pensando. Cambiad de hemisferio, de la Ant\u00e1rtida al \u00c1rtico, haced retroceder la fecha unos 35 a\u00f1os, a 1880. Cambiad tambi\u00e9n la nacionalidad, brit\u00e1nicos por norteamericanos. Y los protagonistas, Sir Ernest Shackleton y el HMS Endurance por el teniente George De Long al mando del USS Jeannette.<\/p>\n<p>Esta es la epopeya \u00e1rtica que relata Hampton Sides en el libro <strong>En el reino del hielo. <\/strong>Un viaje de exploraci\u00f3n que zarpa bajo un falso supuesto, la creencia firmemente extendida de que las aguas del Polo Norte eran navegables a trav\u00e9s de un Mar Polar Abierto, protegido por una anillo de hielo pero con accesos practicables, puertas t\u00e9rmicas abiertas por las corrientes c\u00e1lidas del sur. Por una de ellas, en el estrecho de Bering, deber\u00eda colarse el Jeannette, \u201cnavegando cuesta abajo hacia el Polo\u201d, seg\u00fan expresi\u00f3n de un capit\u00e1n ballenero que, iron\u00edas de la navegaci\u00f3n, tambi\u00e9n se encontrar\u00eda con su destino en los hielos. La decepci\u00f3n no pudo ser m\u00e1s contundente.<\/p>\n<p>Muy pronto el barco qued\u00f3 atrapado. Dos inviernos despu\u00e9s las enormes fuerzas de compresi\u00f3n lo reducir\u00edan a astillas, dando comienzo a una epopeya que acabar\u00eda cuatro meses despu\u00e9s, a m\u00e1s de mil millas en las costas siberianas, en el delta del r\u00edo Lena, un mundo de agua, barro y hielo m\u00e1s inh\u00f3spito que las llanuras polares. Como los hombres de Shackleton, tambi\u00e9n la tripulaci\u00f3n del Jeannette pas\u00f3 por todo tipo de dificultades, aunque en eso los brit\u00e1nicos tuvieron alguna ventaja, ya que tras ellos, en la Ant\u00e1rtida, no merodeaban los osos polares. En ocasiones el avance de la dura marcha hacia el sur era anulado por la deriva de la banquisa hacia el noroeste; en otras, para compensar, los hielos flotaban en la direcci\u00f3n adecuada. En el libro hay momentos de lirismo poco frecuentes en este tipo de aventuras, como la aparici\u00f3n de una mariposa que anuncia la proximidad de una isla, confirmada por el murmullo lejano, m\u00e1s all\u00e1 de la niebla, de las voces de cientos de miles de aves marinas en las colonias de cr\u00eda. Tres a\u00f1os despu\u00e9s de zarpar de San Francisco, con los expedicionarios separados en tres grupos por una terrible tempestad, llegaron las primeras noticias. No todos sobrevivieron, dos terceras partes de los marinos, entre ellos el comandante De Long, se quedaron por el camino, en tierra siberiana. Su principal logro, tristemente, fue desmentir una idea geogr\u00e1fica absurda.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/03\/USS_Jeannette05.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-1148\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/03\/USS_Jeannette05.jpg\" alt=\"\" width=\"740\" height=\"460\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/03\/USS_Jeannette05.jpg 740w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/03\/USS_Jeannette05-300x186.jpg 300w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/03\/USS_Jeannette05-483x300.jpg 483w\" sizes=\"auto, (max-width: 740px) 100vw, 740px\" \/><\/a><\/p>\n<p>Cuesta imaginar por qu\u00e9 esta epopeya \u00e1rtica, tan similar en hero\u00edsmo y crudeza a la otra, es tan desconocida. Quiz\u00e1 la expedici\u00f3n brit\u00e1nica se produjera en el momento \u00e1lgido de los viajes polares, con toda la atenci\u00f3n volcada en el seguimiento de los repetidos intentos de Scott, Shackleton, Amundsen y dem\u00e1s. Quiz\u00e1 la exaltaci\u00f3n del fracaso, el h\u00e9roe derrotado que se niega a arriar la bandera, casara poco con el esp\u00edritu positivo de la entonces joven naci\u00f3n americana. Y, quiz\u00e1, tambi\u00e9n falt\u00f3 la presencia de un fot\u00f3grafo como Frank Hurley para alimentar la memoria con im\u00e1genes del barco congelado o de los marineros arrastrando los botes sobre el hielo. Las pocas placas fotogr\u00e1ficas tomadas en el Jeannette se hundieron con \u00e9l (Tambi\u00e9n quiz\u00e1 por eso las tres figuras de la portada de esta edici\u00f3n sean miembros de otra expedici\u00f3n, la brit\u00e1nica del Nimrod, en una fotograf\u00eda tomada por el mism\u00edsimo Ernest Shackleton en el punto de m\u00e1ximo avance, a la latitud de 88\u00ba 23\u00b4\u2026 Sur).<\/p>\n<p>El libro intercala la narraci\u00f3n lineal de la expedici\u00f3n con interesantes apuntes paralelos. La financiaci\u00f3n a cargo del exc\u00e9ntrico editor del New York Herald, James Gordon Bennet \u2013el mismo que envi\u00f3 a Stanley en busca del Dr. Livingstone, supongo-, el estado de las ciencias geogr\u00e1ficas de la \u00e9poca \u2013pseudociencias, en algunos casos, como qued\u00f3 tr\u00e1gicamente demostrado-, la cartograf\u00eda, las t\u00e9cnicas de navegaci\u00f3n o la etnograf\u00eda de las comunidades ind\u00edgenas del \u00c1rtico. En este sentido hay un pasaje impresionante, oscuro y tenebroso, en el que un joven John Muir, el que ser\u00eda padre de los movimientos por la conservaci\u00f3n de la naturaleza en Am\u00e9rica, que participa en una de las operaciones de rescate, describe la consulta a los chamanes de una tribu del Yuk\u00f3n sobre la suerte de los n\u00e1ufragos. A diferencia de los ge\u00f3grafos, el or\u00e1culo boreal acert\u00f3 en el pron\u00f3stico.<\/p>\n<p>Con todo, en el libro se plantean tres cuestiones de absoluta actualidad. En el \u00faltimo tercio del siglo XIX los barcos enviados en su b\u00fasqueda ya buscaban indicios de los exploradores perdidos analizando la basura y los restos de naufragios varados en las playas \u00e1rticas. Y eso que a\u00fan no hab\u00eda empezado la edad del pl\u00e1stico. Adem\u00e1s, se constata c\u00f3mo la caza intensiva de focas, ballenas y morsas en el \u00c1rtico supuso la extinci\u00f3n, en muy pocos a\u00f1os, de las culturas ind\u00edgenas. Inuits, chukchis, yakutos, aleutianos y otros siguieron tras la caza industrial el mismo camino que los indios de las praderas con la extinci\u00f3n de los bisontes. El Mar Polar Abierto, en fin, esa quimera de los ge\u00f3grafos de entonces, va camino de convertirse en realidad\u00a0 como consecuencia del calentamiento global.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>S\u00e1lvora. Diario de un farero<\/strong><\/p>\n<p><strong>Julio Vilches<\/strong><\/p>\n<p><strong>Editorial Hoja de Lata<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong><em>\u00a0<a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/?attachment_id=1115\" rel=\"attachment wp-att-1115\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-1115\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/02\/index.jpg\" alt=\"\" width=\"186\" height=\"271\" \/><\/a><\/em><\/strong>Hace muchos a\u00f1os una campa\u00f1a publicitaria mostraba a un farero -barba corta, jersey de cuello alto, fumador de pipa- mientras hac\u00eda los preparativos para lo que parec\u00eda iba a ser una larga temporada en solitario. Ropa, lectura, latas de comida y un gran tarro de cristal con caf\u00e9 soluble: Nescaf\u00e9 para cien d\u00edas.<\/p>\n<p>El anuncio era eficaz porque ense\u00f1aba todos los t\u00f3picos que envuelven al mundo de los faros, s\u00f3lidas linternas de piedra erguidas rompiendo la oscuridad del mar tenebroso, habitadas, como corresponde, por gente recia, austera, en un mundo de tempestades, melancol\u00eda y soledad. Y con esos t\u00f3picos a cuestas afront\u00e9 la lectura de <strong>S\u00e1lvora,<\/strong> <strong>Diario de un farero<\/strong>, la particular cr\u00f3nica temporal de Julio Vilches, farero en la isla de S\u00e1lvora, en la boca de la R\u00eda de Arosa y hoy integrada en el Parque Nacional de las Islas Atl\u00e1nticas de Galicia. El relato abarca desde el verano del a\u00f1o 1980 hasta la Nochevieja que dar\u00e1 paso al a\u00f1o 2000, una fecha en la que parece que la vida del autor va a da un giro pero que se abstiene de contar, quiz\u00e1 porque, como se dice en la introducci\u00f3n, llega un momento en que la rutina comienza a superar a la novedad. El diario se lee con la fluidez con la que pasa el tiempo o, si me lo permiten, al ritmo constante con que los haces del faro (tres destellos, negro, uno m\u00e1s) barren la oscuridad de la noche.<\/p>\n<p>Y la realidad, claro, prescinde de los t\u00f3picos. El relato, como un cuaderno de bit\u00e1cora, es una r\u00e1pida sucesi\u00f3n de historias cotidianas entrelazadas, sin ep\u00edgrafes ni cap\u00edtulos que ayuden a jerarquizar, a ordenar para el lector las experiencias de cada d\u00eda. As\u00ed, asistimos a la descripci\u00f3n de un periodos de tiempo luminoso con otros en los que las cortinas de lluvia y las nubes disuelven los horizontes del mar; temporadas de aislamiento por mal tiempo con veranos vividos entre paseos, excursiones de pesca, marisqueo, an\u00e9cdotas de la vida familiar, fiestas con amigos, visitantes ex\u00f3ticos, m\u00fasica, juegos, ingenier\u00eda de faros, t\u00e9cnicas de alumbrado, rescates de n\u00e1ufragos y naufragios propios. Destaca la creaci\u00f3n de una emisora de radio en circuito cerrado entre los cuidadores de dos luci\u00e9rnagas, esta de S\u00e1lvora y la de la cercana isla de Ons; <strong>Entre dos luces<\/strong>, programas radiof\u00f3nicos con conversaciones, informaciones locales y mucha m\u00fasica abiertos a \u201cvigilantes, pescadores, contrabandistas, aduaneros, furtivos, benem\u00e9ritos, piratas, vagabundos de agua salada y, en general, a todo tipo de marineros flotantes\u201d. Y de esta ralea de gente est\u00e1n plagadas estas p\u00e1ginas. El ritmo narrativo es como la vida misma, que apenas repara en un acontecimiento para abandonarlo y atender al siguiente. El sentido global que se percibe en la historia es m\u00e1s importante que los hechos tomados uno a uno, de la misma forma que la envolvente de una melod\u00eda, la percepci\u00f3n global, nos interesa m\u00e1s que sus notas. Todo visto desde una atalaya s\u00f3lida, un barco de piedra tan inmutable que hasta los episodios m\u00e1s dram\u00e1ticos \u2013los nacimientos y muertes que rodean la vida en el faro- quedan inmediatamente atr\u00e1s, difuminados en el paso de la vida cotidiana como el oleaje se diluye entre la espuma de una estela.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/carlosdehita.es\/?attachment_id=1119\" rel=\"attachment wp-att-1119\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-1119\" src=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/02\/DSCN3077-1.jpg\" sizes=\"auto, (max-width: 4608px) 100vw, 4608px\" srcset=\"https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/02\/DSCN3077-1.jpg 4608w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/02\/DSCN3077-1-300x225.jpg 300w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/02\/DSCN3077-1-768x576.jpg 768w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/02\/DSCN3077-1-1024x768.jpg 1024w, https:\/\/carlosdehita.es\/wp-content\/uploads\/2018\/02\/DSCN3077-1-400x300.jpg 400w\" alt=\"\" width=\"4608\" height=\"3456\" \/><\/a>Al comenzar el diario el mecanismo del faro era a\u00fan de combusti\u00f3n, una linterna de fuego con capillos como, creo imaginar, los antiguos faroles de camping gas, girando suavemente sobre un ba\u00f1o de mercurio l\u00edquido. Pero la vida pasa y el faro se va transformando, la luz de fuego se electrifica, el progreso llega en forma de paneles solares y mecanismos automatizados. El barco de piedra, el faro de fuego, es ahora una baliza autom\u00e1tica, el farero, un t\u00e9cnico mec\u00e1nico de se\u00f1ales mar\u00edtimas. Sabemos que el final del oficio se acerca, que la navegaci\u00f3n cambia, que quienes andan por las rutas de la alta mar se gu\u00edan ya por otros sistemas.<\/p>\n<p>En este tr\u00e1nsito de fondo, as\u00ed como la luz del faro s\u00f3lo alumbra fugazmente algunos fragmentos de la noche, el autor s\u00f3lo ha querido mostrar algunos momentos, cargados de actividad y vida. Pero el relato est\u00e1 lleno de saltos temporales de los que nada dice y que, a falta de informaci\u00f3n, estamos autorizados a suponer llenos de borrascas, soledades, melancol\u00edas y nostalgias. Y en el lector reaparecen los t\u00f3picos que hacen bueno hasta el sabor de una taza de caf\u00e9 soluble.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Textos y rese\u00f1as bibliogr\u00e1ficas El bi\u00f3metra biometrizado En su libro Biometr\u00eda de un encuentro Carlos Lozano le toma la medida a una selecta muestra de la tribu que dedica su vida a la observaci\u00f3n de las aves. 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